Nightwatching

De Peter Greenaway se ha dicho que no hace cine, que sus películas son teatro filmado, que los diálogos de sus guiones son soeces y rebuscados, que el deseo constante de experimentación le ha hecho perder el norte, y que toda su obra es poco más que el devaneo esteticista de un pedante. Yo digo que hay algo de cierto en cada una de estas afirmaciones. Y que además es un cineasta enorme. Si se critica tan contumazmente las películas de Greenaway sin duda es porque resulta mucho más fácil atacarlas que poner algo de esfuerzo en analizar el complejo entramado conceptual que determina formal y narrativamente cada una de sus obras. Por tanto, deben tener por seguro que si Peter Greenaway acomete un filme acerca de una figura tan conocida como Rembrandt Van Rijn (1606-1669) lo que van a encontrar en la pantalla no es desde luego el habitual biopic sobre un pintor. Greenaway ha compuesto una documentada y excepcional fábula en imágenes acerca de este pintor holandés, pero también ha conservado la fidelidad hacia un tipo de cine tan arriesgado como personal e inimitable.

El primer tour de force de este film de algo más de dos horas se encuentra, por supuesto, en el aspecto formal. La observancia de la simetría y el uso de la perspectiva, los innumerables ensayos con una luz que brota de cualquier punto (excepcional labor del fotógrafo Reinier Van Brummelen), la capacidad para componer escenas con un gran número de actores (en pintura se diría figuras), o los travellings paralelos y en profundidad que juegan con una escenografía variable (pocos directores actuales tienen la intuición de Greenaway para cinematografíar el espacio y la arquitectura), conforman un estilo que a los seguidores del director les recordará sobre todo la retórica formal de The Baby of Mâcon (1993). Solo queda unir a esto un plantel de actores muy resolutivo y liderado por el excelente trabajo de Martin Freeman en el papel principal.

Ocurre a menudo que el aspecto formal de sus filmes empaña o desdibuja la capacidad de Greenaway para trabajar con los actores, y sobre todo su enorme capacidad para fabular. El guionista que hay en Greenaway admira por igual a Italo Calvino, a Borges y a Agatha Christie, por lo que Nightwatching, al igual que El contrato del dibujante (aquel largometraje de 1982 con el que guarda no pocas similitudes) es un raro ejemplo de narración densa y microscópicamente elaborada donde cada secuencia y cada diálogo va conformando un tipo de relato marcadamente británico: el whodunit. El director coloca a Rembrandt y su Ronda de noche (pintada en 1642) en el centro de un nudo argumental en el que se suceden conspiraciones, homicidios, pesquisas, acusaciones y venganzas, pero prescindiendo, como es habitual en su obras para cine, de una voz en off que ayude a contextualizar los hechos. Como buen amante del teatro inglés que es Greenaway, todo se revelará en la pantalla a través de una inacabable sucesión de arrogantes y chispeantes diálogos en la tradición del mejor Oscar Wilde, integrando con muy pocas fisuras el relato histórico, el dato biográfico contrastado, y la pura invención personal.

Nigthwatching da nuevamente cuerda a los temas en los que Greenaway siempre insiste, pero sobre todo, y al igual que en El Contrato del Dibujante o en El vientre del arquitecto (1987), el tema principal es aquí de nuevo el conflicto entre el artista y sus mecenas. Alexander Korda ya rodó su magnífico Rembrandt (1936) dando vida a un pintor dividido entre sus orígenes humildes (parece que el artista era hijo de un molinero), su afición a la riqueza y la ostentación, y la relación no siempre feliz que mantuvo con monarcas, aristócratas y plutócratas en general. En este sentido, Greenaway sabe bien que no está mostrando únicamente una parcela de la biografía del pintor holandés, sino una constante en la historia de la pintura moderna que tiene en Miguel Ángel, Caravaggio, o Velázquez tan solo a algunos de los protagonistas de ese conflictivo trayecto que llevaría al artista desde el rol de artesano a de intelectual ("La pittura è cosa mentale", escribió Leonardo). De algún modo la cuestión es también un reflejo del propio conflicto de Greenaway como cineasta: dada la tradicional servidumbre del cine con la industria, la realización de películas como Nightwatching sigue siendo una quijotada que jamás saldría adelante sin el amplio patrocinio público y privado que las sostiene. Kurosawa y Fellini también sufrieron esos rigores, y Greenaway ya lo dejó bien claro:
El cine es mucho más que una coartada para contar historias. Hay narradores magníficos en la tradición de Hollywood, sin embargo para mí ha de ser mucho más que eso. Se trata de un medio extraordinariamente sofisticado, que permite manejar significados metafóricos y a la vez componentes literarios y gráficos. El cine es también una plataforma de ideas para la discusión. No solo sobre contenidos, también sobre formas y estructuras. Mi cine trata más de lo estético que de lo político, de las ideas filosóficas que de la simple narración. Pienso que mi cine es mejor entendido en términos críticos normalmente aplicados a las tradiciones pictóricas y la Historia del Arte. Algunas veces siento que soy como un hipopótamo en una carrera de jirafas.

La dificultad de sacar adelante alguno de sus innumerables proyectos (además de filmar, Peter Greenaway es videojockey, dibuja, escribe libros, comisaría exposiciones, y monta óperas) es también la dificultad de llegar al público. No todo el mundo parece dispuesto a escuchar una disgresión acerca del mejor modo de explicar los colores a un ciego (mediante su trasposición a texturas como la sangre o la orina) o entrever los innumerables guiños que Nigthwatching hace al contexto político, artístico y religioso de su tiempo. Si en El cocinero, el ladrón, su mujer y su amante (1989) la honestidad de un librero y un cocinero se oponían a la crueldad insaciable y gratuita de un mafioso, en Nightwatching el caprichoso pero hogareño y honesto Rembrandt da con las costumbres pederastas de un batallón de aristócratas y burgueses supuestamente intachables a los que un contrato le obliga a retratar. Ninguno de los artistas de las películas de Greenaway sale vencedor en la contienda, y Rembrandt tampoco lo hará, pero su venganza tomará esta vez el camino de una refinada acusación.

En el -a menudo estéril- debate que suscitan las relaciones entre la pintura y el cine, Nightwatching tiene la virtud de poner en movimiento el arte. No tanto por la consecución de impresionantes tableaux vivants por medio de la luz, el vestuario o los encuadres, sino por la habilidad para retomar algo aparentemente tan inofensivo como un cuadro al óleo del siglo XVII –La ronda de noche, poco menos que un mito intocable de la pintura y un lugar común de todo manual que se precie- y reinventarlo. Por encima, por debajo, sobre, y entre los engranajes del aparato culturalista de Greenaway se mueve siempre un transgresor, que por suerte sigue conservando la habilidad suficiente como para que sus mecenas le permitan poner en marcha maravillas como Nightwatching.








































Atalanta dijo
A Greenaway lo recuerdo de mis años de facultad, cuando fui a ver un par de pelis de las que mencionas. ¿Qué me pareció entonces? Pues eso, llanamente un tío raro de cojones. Después abrasé un disco con la música de Nyman en sus películas. Ésta no me la pierdo, el personaje y tu texto me han convencido. Enhorabuena por el blog, es genial.
11 Noviembre 2009 | 11:19 PM