La Coctelera

(maquinariadelanube)

27 Septiembre 2009

Puttelaar o el cuerpo como bodegón

Las fotografías de Carla Van de Puttelaar pertenecen a un género con profundas raíces en la historia del arte y de la fotografía: el desnudo. Pero a excepción de varios retratos de cuerpo entero, Puttelaar saca lo mejor de sus imágenes cuando escoge tan solo fragmentos de la anatomía femenina, y no siente la necesidad de sublimar el desnudo desproveyéndolo de su figuratividad: fotografía un seno, y es un seno lo que vemos. Fotografía la nuca y la espalda de una mujer, o un brazo, y es eso lo que se ofrece con claridad diáfana en la fotografía. En su caso, estos enunciados directos y claros no redundan en la simplicidad de lo evidente: sus fotografías amasan una belleza tan intensa como dramática. Que la mera imagen de un antebrazo o de un torso alcancen -mediante una retórica claramente despojada, y sirviéndose únicamente del encuadre y de la luz- una intensidad como la que puede observarse en estas fotografías, es lo que da la medida exacta de su obra.

Y es que existen dos vías fundamentales para el bodegón. Una es la cornucopia colorista y vibrante, que encuentra su mejor baza en lo excesivo, y cuyo efecto es embriagador. Franz Snyders. La otra vía es la desnudez, la serenidad y la concentración del motivo. Sánchez Cotán. Giorgio Morandi. El aislamiento de unos pocos elementos colocados en un desorden solo aparente da inicio a un itinerario de ensimismamiento, y si en el primer caso el ojo intenta saciarse –siempre en vano, errático- en el detalle inabarcable, en el caso de estas fotografías, de estos bodegones, nuestra mirada está imantada por la pureza y la fragilidad de lo mínimo, de lo suficiente.

La piel, esa piel cuya textura siempre anula la fotografía de moda por obra y gracia del omnipotente Photoshop, es uno de los pilares de estas imágenes. No deja de ser sintomático que a menudo se señale la supuesta impudicia de Rembrandt al retratar a alguna de las mujeres que atravesaron su vida sin dejar atrás las imperfecciones de sus cuerpos maduros y a veces levemente ajados, aún cuando estas encarnaran a algún personaje bíblico o mitológico (siempre en ese extraño espacio intermedio entre la pintura de historia y lo estrictamente íntimo y doméstico que le es propio al maestro holandés). En la piel, en sus ínfimos accidentes reside una parte importante de la fuerza de estas imágenes.

No es, sin embargo, la categoría de lo marchito lo que interesa a Puttelaar, y no es dramatismo la palabra que define a todas sus fotografías, a pesar de la atmósfera de angustia o de inquietud que habita algunas de estas imágenes. Antes bien, como el David Hamilton menos almibarado, Puttelaar ensaya la belleza de lo extremadamente joven, de un punto cuasi previo a la floración completa, con la particularidad de que, a diferencia de la obra de Hamilton, lo femenino tiene aquí un peso específico y circular: se trata de una mujer que fotografía a mujeres. Y allí donde la fotógrafa aborda –directa o parcialmente- el rostro de sus modelos, este se encuentra a menudo sumido en el sueño, como si la imagen nos hiciera partícipes de un “antes de” no sabemos exactamente qué. Quizás un antes de la vida, o un antes del amor, o del dolor, o del zarpazo del tiempo.

La insistencia cromática en el blanco y en los azules de sábanas y ropa interior, mediante esa luz que alguna vez es leve y dorada como la luz matutina, nos remiten también al ámbito del sueño y del dormitorio, pero la sensualidad que desprende cada forma viene contrarrestada por la soledad o el desamparo que transmiten algunos ademanes, como en aquel desasosegante lienzo de Edvard Munch titulado Pubertad. Los cuerpos, o los fragmentos de cuerpos, se recortan casi siempre contra un vacío oscuro y profundo, y les da relieve una luz indirecta y fría, una luz del Mar del Norte. De hecho, Carla vive y trabaja en Amsterdam, lo que, junto a su apellido, delata de algún modo algunos posibles referentes plásticos. Como un Vermeer que -inspirado de una modernidad ideal e imposible- hubiera apostado su camara obscura junto a las manos lácteas y esforzadas de una criada, o como un Caravaggio que hubiese desplazado de género su interés por lo joven.

Con toda seguridad me dejo llevar por las analogías, pero no dudo de que Puttelaar atesora referencias en la pintura, sin que, por otro lado, sus fotografías acusen una pictorialización superficial. Estas imágenes demuestran algo que no requiere mayor comprobración: que el tema del cuerpo humano, y en este caso el tema del desnudo femenino, no conoce límites, y que permite todos los ensayos y todas los horizontes creativos. Y en última instancia, y puesto que se trata de una constante del Arte: que, independientemente del medio, el desnudo no es finalmente sino una proyección personal del autor, de la mirada del autor. Un buen desnudo no ofrece tanto un cuerpo como un modo de mirar.

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(Después de elaborar este artículo he localizado el vídeo Carla Van de Puttelar “Galateas”, una entrevista alojada en oc-tv.net, donde la fotógrafa desgrana ideas sobre su obra que aquí y allá  coinciden con mi visión acerca de ella)
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1 comentario · Escribe aquí tu comentario

Dillinger

Dillinger dijo

Maravilloso. Maravilloso. Y además maravilloso.

15 Octubre 2009 | 07:21 PM

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