European Film Treasures

En un cuarto de baño atestado de bobinas de cine. Así comienza la historia de los archivos fílmicos en Europa: a comienzos de los años treinta, y en el cuarto de baño de un excéntrico jovencito llamado Henri Langlois al que le aterrorizaba la idea de que el celuloide de las películas mudas (que a nadie interesaban entonces) se reaprovechara para fabricar peines. La Cinemateque Française tuvo su origen en la colección de un cinéfilo como pocos, uno que se dispuso, sencillamente, a reunir -primero en su propia casa, luego en sótanos y locales prestados- toda película que llegara a sus manos, sin discriminación y con el objetivo de programar pases y ciclos tan personales como sugerentes.

Me pregunto qué cara pondría Henri Langlois si supiera que ahora cualquiera puede ver prácticamente cualquier cosa en la pantalla de su ordenador, que solo hace falta visitar European Film Treasures para darse un buen atracón de pequeñas y desconocidas joyas de filmoteca. Creo que, a pesar de la pérdida del componente ritual y espacial que conllevar visionar una película en una auténtica sala de cine (nada que ver con esos saloncitos horrorosos de los multicines actuales) Langlois se alegraría.

Pero si Godard razonablemente duda acerca de si el cine es un arte o una técnica, de lo que no duda es de que es un negocio sucio. Nada quiso saber Langlois acerca de los derechos de reproducción de las obras que coleccionaba. A nadie pidió permiso para proyectar las obras que otros habían intentado destruir únicamente para ahorrar espacio. Y es curioso el modo en que aquellos que detentaban derechos sobre alguna de aquellas películas se echaron las manos a la cabeza cuando aquel invididuo, movido únicamente por la devoción y el deseo de compartir y difundir, empleó su tiempo y su esfuerzo en poner en manos de la gente lo que otros habían despreciado o habían mantenido, literalmente, secuestrado. ¿Alguien percibe ya la analogía que pretendo trazar?

La Filmoteca ideal de nuestro días se sigue encontrando, en términos de accesibilidad, y pese a quien pese, en las páginas web que organizan y gestionan los numerosos enlaces P2P. Algún día se rendirá tributo a todos aquellos que, como Henri Langlois, unieron sus esfuerzos por amor al cine y por encima de cualquier otro imperativo legal. Aunque invadan sus domicilios y les practiquen registros ilegales. A veces temo que dentro de unos años añoremos estos días que estamos viviendo como una época de libertad en la que todos podíamos conseguir casi casi cualquier producto cultural: películas, libros, fotografías, música. Les puedo asegurar que no me considero un delincuente, y sé que ninguna editorial ha entrado en bancarrota por mi culpa. Como internauta creo que más bien he propiciado lo contrario: el servicio desinteresado que muchos internautas anónimos hacen a la cultura está por ponderar.

Y a pesar de que European Film Treasures no deja de ser un portal institucional, y el volumen de horas de cine que contiene es aún bastante limitado, he disfrutado mucho perdiéndome en su interior y os lo recomiendo. Sobre todo porque la interfaz es muy sencilla y parece estar pensada para un picoteo delirante en el que se mezclan las guerras de zepelines, las sombras chinas, la pesca del arenque en el Mar Báltico, bailes orientales, conciertos, acrobacias, o las últimas creaciones de la moda de París de 1926. Puedes comprobar que a los caballeros austríacos de 1908 le interesaban más o menos las mismos asuntos que a nosotros, e incluso trasladarte a la Barcelona de 1908 y darte un bonito paseo en tranvía. Y sin pagar billete.
Salud y Cine.



































arati dijo
Estimado Rr,
es un placer barato, simple y redondo encontrar algo: una caracola, una piedra en la playa, un cuento, un enlace curioso en la red... pensar entonces que a determinado amigo le va a gustar... y regalárselo.
Pero hay un placer aún mayor y más exquisito en constatar después que a partir de ese enlace, de esa imagen o de ese texto, que no eran nada más que un pequeño encuentro curioso, una semilla de nada, el amigo, buen jardinero, ha hecho brotar un post magnífico como este.
Qué buena la historia de Langlois! qué seductoras e inquietantes imágenes produce el azar de la degradación del celuloide (y Vd. con esos ojos de buen mirar, cómo ha sabido localizarlas y escogerlas!).
Y finalmente, qué buen alegato. Yo también espero que en el futuro no recordemos estos tiempos como aquellos en que internet aún corría libre por la pradera, que no la domestiquen ni la encierren.
Que podamos seguir correteando por ella, encontrando, compartiendo, redescubriendo, aprendiendo, haciéndola entre todos los que por aquí nos asomamos.
**Aiisss, que me emociono**
Un abrazo
14 Septiembre 2009 | 07:42 PM