Wilhelm Staehle: decorosamente cínico

Dice el Diccionario de la Real Academia que el decoro es “en literatura, la conformidad entre el comportamiento de los personajes y sus respectivas condiciones sociales”, y que lo decorativo es sencillamente aquello “que decora o que es apropiado para decorar”. Yo no lo dudaría un instante: la alta aristocracia neoyorkino-parisina se araña y se saca los ojos por conseguir las decorosas y decorativas escenas con siluetas de Wilhelm Staehle.

Estos tableautins, a medio camino entre la anodina reproducción a color y el cañonazo conceptual, van de muerte para colgarlos sobre el papel pintado en las paredes del saloncito de té, en el comedor, o en el dormitorio de los niños. Imagine la satisfacción de recibir a las visitas y poder mostrarles estas auténticas delicias del cinismo y la ironía. Sobre todo esas encantadoras escenas en las que los niños se comportan con la indolente crueldad del exterminador a sueldo, del bruto psicópata, o del temerario asesino.

Sin embargo, Wilhelm Staehle no está solo en su empeño. Tras la fronda de estos parajes se escuchan las carcajadas del Jonathan Swift, que escribió en 1729 un provechoso (y absolutamente decoroso) ensayo titulado Una modesta proposición: para prevenir que los niños de los pobres de Irlanda sean una carga para sus padres o el país, y para hacerlos útiles al público, donde proponía una solución rápida y rentable al exceso de niños irlandeses: cocinarlos y comérselos. Y el eco de Swift junto al balbuceo ebrio de Thomas de Quincey cuando escribió su Del asesinato considerado como una de las Bellas Artes (1829).

O quizás detrás de estas siluetas se esconde la influencia de William Hogarth (1697-1764), aquel pintor y grabador británico dotado de un amplio sentido del humor -algo escaso en la historia del arte- y cuyas series de estampas -con títulos como El casamiento a la moda, La carrera de una prostituta, o Las cuatro etapas de la crueldad- alcanzaron una enorme popularidad en el Londres de mediados del siglo XVIII.

Pero por supuesto nada que ver con las siluetas de Lotte Reiniger: nada de cuentos; el arte, la política, el medio ambiente… Staehle no deja títere (o silueta) con cabeza. La combinación de un elemento asociado a los juegos infantiles como son las siluetas, junto a esos perversos mensajes exquisitamente tipografiados en el interior de sus cuerpos dan la clave de su estilo, como si el vacío de esas figuras vagamente magrittianas cumplieran la función del tradicional bocadillo de cómic. Porque estas imágenes no son nada sin el texto que las acompaña, y eso es lo que aproxima la serie a una suerte intermedia entre la mera viñeta humorística y un arte conceptual desprovisto de la habitual pose críptica. Pero poco importa aquí la línea que los separa.


Que la ironía de Staehle no tiene desperdicio lo prueba la descripción que hace de sí mismo en su página web:
Wilhelm Staehle es un caballero horriblemente desfigurado que a menudo asusta a los niños pequeños cuando emerge del aislamiento de su estado vegetativo en la costa este de Las Américas. En su tiempo libre, repartido entre los deportes de riesgo y jugar a los vestiditos con su enorme e inquietante colección de taxidermia, encuentra algún momento para recortar extrañas siluetas. Te ruega que disfrutes con ellas, o al menos que te abstengas de decírselo si no te gustan, y te agradece tu atención.







































toñito dijo
buen blog (Y)
15 Junio 2009 | 06:56 AM