El Aleph de Ramón: Inventario nº 17

Al igual que la fotografía que analizamos en el Inventario nº 15 esta otra instantánea tiene la particularidad de documentar un área del estampario que no se ha conservado, dado que, a excepción de algunos fragmentos aislados, las estampas fueron retiradas de las paredes de su domicilio una vez que hubo fallecido el escritor. Al vuelo he encontrado esta fotografía, y al vuelo ofrezco el resultado de mis inquisiciones…
(Nota: en la zona izquierda de la foto pueden ver el lateral derecho del biombo que ya analizamos en el Inventario nº 4, por lo que sería conveniente que desplazasen su atención al resto de la fotografía)

Como español libre [Juan Gris] comenzó a tratar el cubismo por su cuenta y razón, y le salían cuadros fuera de la ley severa, pero con una expresividad conmovedora. Era como un naturalista de aquellos que llegaban a América, meticulosos y clasificadores, y en su inspiración científica de ser un Rotingen, desintegraba la expresión de las cosas y estudiaba la morfología de los fruteros. (…) Pinta compoteras y botelas de rhum sobre el tapete adamascado, y para alegrar el conjunto, una de esas pipas de yeso que, al grito de “!Traiga pipas nuevas!”, pedía Baudelaire en su café, y le eran servidas como tulipanes emergiendo de un vaso.
(Nuevos retratos contemporáneos, 1945)

Cada maestro de la pintura crea una atmósfera que está en sus cuadros: la atmósfera de Fray Angélico, la de Botticelli, la del Tiziano, la del Greco, la de Velázquez, la de Goya, la de Solana. No es una cosa literaria que se añade a la pintura, sino una cosa que brota de esa superstición de colores, de esa técnica que se aprende en las academias y que provoca la atmósfera como una consecuencia impremeditada.
(El Greco: el visionario de la pintura, 1935)

La muerte es para el autor de Los muertos, las muertas, y otras fantasmagorías (1935), un tema capital. La obsesión con los esqueletos, las calaveras, y el raro e incomprensible trayecto de una a otra vida es proverbial en Ramón. Sin embargo, y sin temor a caer en contradicción, la muerte es también un tema vital para el madrileño. Me lo imagino mirando justo este cuadro de Grien, y anotando con su tinta roja:
Primero se es nudista y luego se es huesista.

Esta fotografía que ven no puede ser de ningún modo la que aparece en la zona central del fragmento de pared que nos ocupa, ya que al parecer data de 1978, y Ramón falleció en 1963. Sin embargo, convendrán conmigo en que que el parecido entre ambas imágenes es verdaderamente asombroso. Teniendo en cuenta que Marcel Marceau (1923-2007) inventó a Bip (el personaje que vemos en la fotografía) en 1947, es bastante probable que el mimo francés fuera fotografiado de un modo muy similar a lo largo de los años cuarenta, cincuenta, o sesenta.


Cuando Ramón elabora sus monografías sobre algún pintor o escritor utiliza un recurso consistente en contrastar a su biografiado con algún otro personaje relevante de la época. Así, acude a Walt Whitman o a Emerson para definir con mayor precisión el perfil de Poe, y acude a Rembrandt para dar la medida de la pintura de Goya en relación a la historia del arte moderno. Este tipo de comparaciones tienen como objetivo hacer brillar al biografiado y oscurecer (a veces muy injustamente) a esa otra figura. Sin embargo, en esas falsas invectivas ramonianas suele haber más de mecanismo literario que de desprecio real, y revelan la admiración rendida de Ramón:
El énfasis magistral de Rembrandt oscurece toda la pintura y hace que algunos no le amemos porque encubre la ingenuidad de otros tiempos.
(Goya, 1928)
Ludwig Van Beethoven, Ferdinand Schimon, 1819
Precisamente, una de las analogías más fértiles e incisivas es la que Ramón establece entre Goya y Beethoven. En su libro sobre el pintor hace referencia a un “Tríptico superlativo” de la modernidad integrado por “Beethoven – Goya – Poe”, y algunas páginas más allá concluye sin más que Goya es “el Beethoven de la pintura”. La comparación no carece de sentido: ambos creadores -auténticos genios en su respectivo oficio- comparten más de una circunstancia; en el plano más evidente la similitud en el gesto, la fisionomía (Ramón anota el cabello desordenado y las patillas a la moda de la época), pero también lo tormentoso de su temperamento, lo huraño de su carácter, la sordera que les afectó estando ya mediada su vida, y sobre todo el papel de transición que cumplen entre la estética del antiguo régimen y la modernidad incipiente de la que son precursores.

Si hay alguna cosa que podamos llamar “atmósfera poética” en una obra pictórica, desde luego se encuentra en estado puro en este lienzo del Aduanero. También Ramón acude a la luna en sus greguerías:
La luna es el ojo de buey del barco de la noche.
La luna es un banco de metáforas arruinado.
Solo el poeta tiene reloj de luna.
¿Qué esta haciendo en realidad la luna? La luna está tomando el sol.

Su Aguador de Sevilla es un poema de realismo jugoso, y el filósofo del agua –aguador por vocación profunda- vende su gran cáliz de limpísimo vidrio cargado de la limpísima agua de los aljibes de la jardinal Sevilla, solazándose los niños en la gran embriaguez que da el agua en el estío meridional. Esa magnífica copa de agua junto a los cántaros rezumantes significa mucho para el goce supremo. (…) ¡Dichosa edad la que cree en el agua! Velázquez, férvido por esa gran presencia del agua, va a partir de ahí hacia las mayores conquistas…
(Don Diego de Velázquez, 1943)

En esa luz y en la habitación más reservada debe de pintar Velázquez por esa fecha La Venus del espejo, esa Venus admirable y patronímica que un día herirán en Londrés las sufragistas, como queriendo desgarrar el lienzo más grande del arte universal. La honestidad, que es el signo infaltado de Velázquez, me hace pensar, por la actitud, por el gesto, por no poderla identificar bajo ningún sesgo, que es su propia esposa la retratada y que quiere salvar para sí mismo el desnudo que le enamoró toda la vida. Cuando hace una sibila o destaca una mujer del pueblo en sus cuadros, es una mujer como su esposa o como su hija, y por eso nos puede quedar la sospecha de que el desnudo de La Venus del espejo sea el de su esposa, divagando por los pinceles, pero verdadero para su propio recuerdo por si su mujer desapareciera ¿Qué iba a tener el mal de ser público y mirado por todos? El arte eleva y depura la peacatería (sic) humana, y, además, ni en el espejo ni detrás del claro y menguante óvalo se puede saber quién pudo ser la dama.
(Don Diego de Velázquez, 1943)


Ángel de la guarda protegiendo a unos niños junto a un acantilado, postal de finales siglo XIX (es probable que Ramón lo extrajera de un calendario)
La Armonía o Las tres Gracias, Hans Baldung Grien, 1541-1544











































Roberto Amaba dijo
Hola,
Así de repente, arriba a la derecha el retrato de Beethoven por F. Schimon.
A ver si miro con más calma otro rato, porque hay algún rostro en fotografía que no consigo confirmarlo.
Un saludo.
7 Junio 2009 | 10:07 PM