La Coctelera

(maquinariadelanube)

15 Marzo 2009

El juego de Lallemand

Stéphane Lallemand (Estrasburgo, 1958) es un artista que conoce bien su oficio, y no me refiero al hecho de que "sepa" hacer fotografías, sino a la consciencia del papel que su obra puede jugar en relación a la historia del arte que le precede. Su aplicación de las técnicas fotográficas primitivas, observable en la serie de imágenes estenopeicas y sobre papel salado, o sus inquietantes propuestas escultóricas pueden dar idea de los fundamentos plásticos y teóricos desde los que articula su creación. Reparar en el control que de la fotografía como proceso manual y artesanal posee Lallemand es un buen punto de partida para comprender cabalmente esta otra serie fotográfica titulada Alte Pinakothek.

Danaë, 2008

Ingres, Durero, Poussin, Manet, Courbet y Boucher son algunos de los pintores en cuya obra Lallemand se inspira para componer las fotografías de la serie, y la idea no es nueva, porque ya en la segunda mitad del siglo XIX, a poco del nacimiento de la fotografía, muchos fotógrafos (y muchos de ellos pintores de profesión) se propusieron trasladar al nuevo medio los temas y el rigor plástico de la pintura. A esto se le llamó corriente pictorialista, pero existía entonces, y también hoy, un abismo esencial entre la pintura y la fotografía, y Lallemand lo sabe bien.

Hay que reparar por tanto en la dificultad que entraña lograr que una lente fotográfica capte una imagen que de algún modo sea similar a una obra pictórica. Es preciso un control absoluto del punto de vista, la luz, y los elementos que componen la escenografía de la imagen. El extremo cuidado que Lallemand pone en esto, y que dan como resultado unas fotografías exquisitas, lleva aparejado en su caso algunos descuidos muy conscientes que impiden al fotógrafo lograr una recreación completa. Caer en el mimetismo absoluto sería un error, y anularía el sentido de estas imágenes en las que un auténtico y rendido homenaje a ciertos maestros de la pintura convive con una despreocupada ironía, con un distanciamiento como de broma privada, de juego, de boceto sin más pretensiones que una puesta a punto del ejercicio de la visión: la confrontación de dos medios de expresión radicalmente diferentes.

No es casual que Lallemand haya escogido como objeto de recreación un famoso grabado de Durero contenido en la segunda edición de su Underweysung der Messung (Nuremberg, 1538), obra capital acerca de los rudimentos científicos que todo artista de su tiempo debía manejar. La estampa original y la versión fotográfica de Lallemand (cuyo título alude a un polémico lienzo de Courbet) codifican dos constantes de la historia del arte occidental: en el plano más evidente la noción científica de la perspectiva (principio fundamental de la estética moderna occidental, pero también punto de partida en la utilización de dispositivos tecnológicos que intermedian en la captación de lo visible); en un segundo plano la noción del artista como voyeur, pero no solo en su acepción sexual, sino también como observador meticuloso de la realidad en general. Algo similar ocurre con las obras de Ingres que Lallemand ha reconstruido: es sabido que el maestro del desnudo academicista francés llevó la lógica de su pintura hasta el límite de lo anatómicamente posible, y mucho se ha discutido (gratuitamente, por cierto) acerca de las vértebras virtualmente añadidas a La baigneuse de Valpinçon y a La grand odalisque. Acometer y resolver fotográficamente la cuestión -la cuestión plástica, no la anatómica, que carece de interés- con la brillantez con que lo hace Lallemand es el punto álgido de la cuestión que abordan estas fotografías.

Pero podría decirse también que son estos los juegos de una edad tardía, la puesta en marcha de un juego que a más de uno nos entusiasmaría: re-crear unos cuantos episodios incontestables de la historia del arte, apropiarse de ellos para llegar a infiltrarse en las escenas (en este sentido la serie emparenta con la línea de artistas como Yasumasa Morimura). Es lo que explica que a veces Lallemand se presente a sí mismo en estas fotografías, aportando una nota tan discordante como divertida. Es el gesto de un auténtico sátiro, pero de un sátiro que sabe bien lo que hace, como lo hace, y por qué.

Y es que podríamos añadir que al fin y al cabo solo se trata de fotografías eróticas, y que quizás todo lo que precede a esta línea solo acude aquí para dar una pátina intelectualoide a los desvaríos eróticos de un viejo verde. Bien, opino que una cosa no quita a la otra: ni la fotografía erótica está exenta por naturaleza de discursos interesantes y razonables, ni tampoco las reflexiones más serias en torno a lo visual pueden o deben prescindir por principio del sentido del humor o del sexo como es el caso.

Un estudio, realizado por un equipo de investigadores americanos, podría demostrar que un entrenamiento diario consistente en la observación prolongada de los encantos femeninos, preserva a los hombres de las enfermedades cardiovasculares. Pero me parece que los resultados de este estudio son conocidos, de manera empírica, desde la más lejana Antigüedad por la mayor parte de los artistas. Yo, que me aproximo ya a la cincuentena, he decidido prevenir los riesgos coronarios mediante una práctica asidua del arte, un “recalentamiento” del nervio óptico, aún a riesgo de caer exhausto, a través de un tema tan viejo como el mundo…

Stéphane Lallemand

Olympia, 2008

Así pues, fotografía erótica, sin duda y sin paliativos, porque produce un placer inefable comprobar de qué hermosa manera los cuerpos perfectos, idealizados, imposibles e incomprensibles de Ingres adquieren aquí la aquiescencia de lo real. Nos imanta especialmente todo aquello que en los óleos estaba vedado por imperativos técnicos y morales: la auténtica morbidez e imperfección la piel, los lunares, la naturaleza indomable del cabello y el vello corporal, la presencia de un tatuaje o de las marcas de un bañador, elementos que tanto ayudan a romper con el modelo pictórico como a enriquecerlo, colocándolo en nuestro tiempo, aportando categorías que son ya patrimonio de esta ya dilatada edad en que la fotografía nos ha acompañado, dándonos raciones inéditas de lo visible.

Marcel Duchamp, que raramente abría la boca para decir gratuidades, y cuyas palabras acuden al centro de lo que aquí se analiza, dejó caer una vez que él nunca se había sentido plenamente unido al Dadaísmo, ni tampoco al Surrealismo, y que si alguna vez había comulgado con alguna escuela, esa era sin duda la del Erotismo. La afirmación estaba a la altura de su obra, y quizás defina bien estas fotografías de Lallemand, ya que partiendo de la pintura y terminando en la fotografía, de lo que nos hablan estas imágenes es de una constante más inalterable que el medio técnico del que se apropie para expresarlo: el puro placer de la visión.


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En la página web de Stéphane Lallemand puede verse también una interesante serie sobre senos y otra sobre sexos
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servido por rrose 3 comentarios compártelo

3 comentarios · Escribe aquí tu comentario

MICHELLE SCHNEIDER

MICHELLE SCHNEIDER dijo

He descubierto con gran placer estas líneas sobre el artista francés Stéphane Lallemand. Este último ha recientemente expuesto su trabajo en la galería asociativa, de la cual soy presidenta, y que se llama l’Escalier (la Escalera) en Brumath, ciudad situada al norte de Estrasburgo, Francia. Podéis ver las imágenes de dicha exposición en el sitio www.a-lescalier.com . El análisis de su obra me ha parecido muy acertado al igual que interesante.

24 Marzo 2009 | 05:50 PM

El autómata caramba

El autómata caramba dijo

Muy bueno el post; cómo siempre que paso por aquí, me llevo algo agradable.

Te qeuría recomendar, siguiendo a los comentarios que haces al trabajo de Lallemand-y aunque supongo que lo conocerás- respecto a la foto que hay sobre el grabado de Durero, pero no sólo, un libro que hay en la editorial Gustavo Gili, que suoingo que será de tu interés: Arder en deseos (http://www.ggili.com/ficha_amp.cfm?IDPUBLICACION=617).

Este trata sobre la aparición de la fotografía, sobre cómo aparece el deseo de fotografiar (más como un deseo de una serie de gente que cómo una creación localizada conretamente).

En este libro hay un amplio comentario sobre lo que el autor denomina protofotógrafos y cocretamente hay un análisis muy interesante sobre ese grabado de Durero, entre otras muchas cosas.

Un abrazo.

5 Abril 2009 | 06:53 PM

Rr

Rr dijo

Hola Autómata,

gracias por tus palabras, y muchas gracias por la recomendación. Parece un libro realmente interesante. A ver si doy con él un día de estos.

Saludos

5 Abril 2009 | 07:30 PM

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