El Aleph de Ramón: Inventario nº 15

La fotografía que ven sobre estas líneas nos muestra el aspecto original del despacho y el estampario tal y como se encontraba en el domicilio de Ramón Gómez de la Serna en la calle Hipólito Irigoyen de Buenos Aires. A pesar de la angulación, el amarilleamiento, y el escaso detalle de la imagen, aún puede servirnos para identificar algunas obras.

El 14 de marzo de 1951 Albert Einstein cumplía 72 años, y se encontraba en un acto público. Un fotógrafo de la United Press International llamado Arthur Sasser intentó convencer al científico de que posara con una bonita sonrisa, pero éste, cansado de la prensa, le devolvió esta expresión que Sasser captó al instante y que pasó a convertirse en indiscutible icono del siglo XX. El mes de marzo de 1923 Einstein dio una conferencia en la Residencia de Estudiantes en Madrid, y según afirma Azucena López Cobo en un artículo titulado De Einstein a Gómez de la Serna: la Teoría de la Relatividad y el secreto del arte moderno el escritor madrileño publicó una reseña de la conferencia en el periódico El Sol y tuvo oportunidad de conocer personalmente al científico. Se ha querido ver una trasposición de la Teoría de la Relatividad de Einstein en este fragmento de El novelista (1925):
El novelista Andrés Castilla oía en su despacho el reloj de pared y el reloj de bolsillo, que acostumbraba a poner sobre la mesa, porque el otro quedaba demasiado en la penumbra para ver la hora tantas veces y tan rápidamente como lo requería su impaciencia. “¿Es que pueden ser los dos tiempos el mismo?”, se paró a pensar el novelista. Se diría, realmente, que el tiempo del reloj grande de pared era más pausado, más pesado, más lento, un tiempo que no envejecería nunca demasiado, mientras el reloj rápido, con mordisconería de ratón para el tiempo, con goteo instante más que instantáneo, le envejecería pronto. “No es la misma clase de tiempo el del uno y el del otro”, concluyó el novelista [...]. Realmente escribo menos cuartillas en el tiempo que señala este reloj de bolsillo, que en el que señala el otro... Sólo que del otro me olvido, y eso hace que me emperece; y con este delante, corro, me precipito, veo que hace un rato eran dos horas más temprano que ahora”, acabó por dictaminar, dentro de sí, el novelista.
(El novelista, 1925)

Baste, por el momento, una sola greguería para esta mujer:
La sonrisa de la Gioconda está hecha para durar siglos

Parece como si en este fragmento de estampario Ramón hubiera elaborado un pequeño tratado acerca del rostro humano. Ahí queda la travesura de Einstein, la enigmática expresión de la Gioconda, y en contraste con ambos la cabeza de este encantador personaje pintado por Klee. Pero hay otros muchos rosotros que no he conseguido localizar: el rostro de Picasso en una fotografía de madurez, y rimando con él la cabecita de un niño llorando a voz en grito, pero también otros retratos realizados por Picasso, Modigliani, Arcimboldo, e incluso el Triple retrato de María Luisa que Ramón pintó con sus propias manos y que aparece parcialmente a la derecha de la fotografía. Una infinidad de seres que miran y entrecruzadamente son mirados.

Vivir es mirar, escribió Ramón. Y entre las greguerías, siempre ojos, muchos ojos…
El poeta miraba tanto el cielo que le salió una nube en un ojo.
Los ojos de las estatuas lloran su inmortalidad

Dicen las malas lenguas que con estas dos viejas a punto de ser –literalmente- barridas por el Tiempo, Goya no realizó únicamente una sátira de la coquetería y la vejez irresponsable, sino que la obra contenía una acusación sutilmente personalizada: la vieja de la derecha lleva prendido en el pelo un broche en forma de flecha de amor, justo como el que gustaba de usar la Reina María Luisa de Parma (obsérvese en detalle el Retrato de familia de Carlos IV), mujer a la que Goya desde luego no tenía en gran aprecio…
En la obsesión y ofuscación de Goya contra las brujas y las viejas debió de existir un rencor personal que le esclareció el malévolo sentido de la vejez y le hizo denunciar su encono brujesco (…) El hombre escarmentado traza viejas frívolas frente al espejo de tocador hasta la muerte y brujas que menoscabaron niños con sus fuelles o haciendo uso de sus tijeras cortadoras de cordones de amor (…) ¡Terribles épocas esas en las que la mujer se cansó de ser buena o se aburrió de ser sensata o no quiso resignarse a su envejecer, y se lanza al resarcimiento póstumo y a excitarse en la corrupción de los demás! (…) Goya genialmente vio ese fenómeno quebrantador y descubrió a las brujas que se disimulaban bajo contubernio de castañeras y duquesas viejas (…) Y la principal bruja, la de fuelle dorado y escoba de carroza, la reina María Luisa, con cara de bruja partenueces, furiosa intrigadora del aquelarre palatino, fue la más revelada por Goya.
(Goya, 1928)

La vinculación personal de Ramón con muchas de las imágenes del estampario proviene de las numerosas incursiones que realizó al Museo del Prado, ya desde su época de colegial. El edificio no tenía secretos para el escritor:
…En ese sótano del museo estaban las salas del tesoro secreto y en ellas encontrábamos las pruebas más extrañas de la pintura, el submundo, algo como la cripta del panteón del arte, como sus mejores muertos, con sus más alucinantes apariencias y entre ellas las obras del gran pintor El Bosco – en España no dijimos nunca Jerónimus Bosch, sino El Bosco, que suponía su interior selvático, embrujado, hosco y boscoso-, que rasgó la cortina que separaba la Edad Media de las futuras edades proyectando una luz nueva sobre sus monstruos, sus larvas y sus miedos. Todo eso sin precedentes ni modelos.
En aquel sótano con escalera de poterna y en el que parecía que no iba a haber luz se esclarecía todo con una luz de cueva que se abre al sol y brillaban los cuadros como incrustados con las mejores gemas.
El Bosco era la predilección secreta de los sedientos de entrevisiones y misterios y a él íbamos ávidos del descifre del más allá y del más acá, de lo debajo y de lo encima, perfecto para España que vivía en pleno sueño, la gloria precursora de la muerte y después, el infierno.(Dalí, 1977)

Lope es una luz de amor, la luz de su creación, que está mirando a la realidad –eso solo le daría sombra inteligente- y al mismo tiempo está pensando lo poético, el mundo de ficción y encanto que había de describir su pluma.
“No me dejan vivir escuetamente”, parece decir con sus ojos cansados, “sino que tengo que componer algo que interese y admire. ¡Mucho me exigís!”
Aceptaba su misión de exaltación y enredo poético, petaba con su deber como un cilicio desangrador y aumentador del ritmo de su tensión.
“¿Cómo pidiéndome tanto”, se decía también a sí mismo, “no he de reparar con amor el gran desgaste de mis versos amorosos? Sin nuevos amores estaría siempre alcanzado” (…)
Y dio demasiado –y esto es lo que notan los que aprovechan su autoridad literaria- porque en la clareza de su figura se mezcla a su obra su vivir sobrepuesto a lo convencional, su audacia de Don Juan verdadero hasta con sotana al final.(Lope viviente, 1954)

El retrato que me hizo Diego es un retrato verdadero, aunque no sea un retrato con el que concursar en los certámenes de belleza. Con ese retrato me siento seguro y desahogado. La pintura cubista, que ante todo ama el espacio, no me ha embotellado y me ha dejado libre y desenvuelto. Cuando el gran mejicano pintó mis ojos, por ejemplo, no contempló estos ojos castaños que tengo, y cuya apariencia normal es para los ritratistas, pero no para un gran pintor como él, sino que los observó como un técnico, como un óptico y se dio cuenta de los ojos que necesitaba en el retrato, y que eran complementarios y aclaratorios de los otros. En el ojo redondo está sintetizado el momento del deslumbramiento, y en el ojo entornado y largo, el momento de comprensión.
(Ismos, 1931)

El quince de febrero de 1958 Josep Pla relata en el semanario Crónica un extraño encuentro con Ramón Gómez de la Serna en la cafetería del Hotel Richmond de Buenos Aires. Ramón, en un monólogo desatado, se lamenta insistentemente de sus estrecheces económicas, y explica al ampurdanés aquel controvertido viaje a España que había realizado en la primavera de 1949. Nadie podría haber recogido la conversación con mayor atino que Pla:
Por fortuna pude ir a España hace algunos años y esto se lo debo al Generalísimo. Parece que en Consejo un ministro preguntó si yo debía ir y que el Generalísimo contestó que sí. Fuimos muy bien recibidos. Nos dieron los billetes y unas pesetas. Fuimos agasajados. (...) Estando en Madrid consideré indispensable dar las gracias a Franco. (...) Pero ¿cómo hacer sin ropa protocolaria decente? Pasé por encima de todo, alquilé un chaqué, un chaleco, unos pantalones y un sombrero y me presenté en El Pardo, decente. Comprenderá que tenía que hacerlo. Era lo menos que podía hacer. (...) Fue una entrevista memorable, de la que guardo un grato recuerdo. Pero los escritores, ¡qué pena!¡Haber tenido que alquilar un traje para ver al Generalísimo! Nuestra pobreza es excesiva. (...) Pero observé, en el curso de nuestro viaje, que si los primeros días de nuestra estancia estuvimos rodeados de gente, a medida que fueron pasando los días el grupo se fue adelgazando y disolviendo. El interés, sospecho, fue decreciendo. Cuando tomamos el barco en Bilbao, para regresar aquí, nadie nos despidió. Nos marchamos en una soledad total, completa. Todo es nada, amigo Pla. Vivo en la nada, en una nada de proporciones inmensas.
Todavía habló largo rato Ramón Gómez de la Serna en el café del Richmond. Se celebraba una fiesta familiar en las mesas de al lado. El ruido era excesivo.
- Es –dijo Ramón- una despedida, je, je, de soltero…
Y después me fui con un estado de ánimo lóbrego, de una pesadumbre difusa y vastísima.
(Josep Pla, “Ramón Gómez de la Serna en Buenos Aires”, semanario Crónica, 15-2-1958)















































Miguel Ángel Morales dijo
Estimada Rrose:
La reproducción fotográfica, situada al lado izquierdo del retrato de Picasso, al costado del espejo, creo que se trata de don Alfonso Reyes (amigo de Ramón) y Manuel Ávila Camacho, presidente de México de 1940-1946. Quizá la imagen sea de 1945, cuando el presidente mexicano le entregó el primer Premio Nacional. Reyes también fue embajador de México en Argentina, donde seguramente continuó la amistad con Ramón. En dado caso que mi lectura sea la correcta, ¿qué motivó a Ramón conservar esa imagen?
15 Diciembre 2008 | 04:05 PM