La Coctelera

(maquinariadelanube)

23 Noviembre 2008

La mirada de Ulises

No es fácil dar una lectura de Το Βλέμμα του Οδυσσέα (La mirada de Ulises, Theo Angelopoulos, 1995), sin perderse en los innumerables vericuetos que este film esconde. Esta verdadera odisea cinematográfica de 170 mins. de duración nos cuenta la historia de un cineasta griego (Harvey Keitel) que vuelve a su país tras 35 años de ausencia, con el encargo de localizar tres bobinas cinematográficas que al parecer contienen las primeras imágenes rodadas por los dos pioneros del cine griego Miltos y Yannakis Mannakis, bobinas que nunca fueron reveladas para su visionado. La accidentada búsqueda de estas tres míticas bobinas llevará al cineasta, hundido en una crisis de creatividad, a un viaje por la convulsa geografía de los Balcanes, a un reencuentro con su país y su cultura, así como a un reencuentro consigo mismo y su memoria. En un contexto real de confrontación bélica, Angelopoulos convirtió este ambicioso argumento en una obra maestra. He aquí unos cuantos apuntes sobre el film.


Se corre el peligro de interpretar este largometraje apoyándose únicamente en las abundantes referencias homéricas que la película va desgranando. El cineasta es, por supuesto, una transfiguración de Ulises; la confrontación entre conservadores y progresistas en Grecia así como la Guerra de los Balcanes son trasunto de la guerra de Troya; el asedio a Sarajevo, un trasunto de la misma Troya; las bobinas no serán ni más ni menos que el hogar de Ulises, su Ítaca; las mujeres a las que sucesiva e infructuosamente el cineasta trata de amar son la esquiva Elena (y la Hélade, por extensión); la gigantesca estatua de Lenin que remonta el Danubio a bordo de un carguero es un trasunto del cíclope al que Ulises vence, y a su vez símbolo de la caída del comunismo en Europa; la lista es interminable, podríamos proseguir indefinidamente, sin rozar siquiera el contenido del film…

En 1995, y en paralelo al rodaje y estreno del la película, se produjo la celebración del primer centenario del cine, y sin embargo, la introducción en la trama de la película de las bobinas de los Mannakis no parece un pretexto para un nostálgico homenaje al cine, o al menos no únicamente eso. Angelopoulos sugiere que la aparición del cine entre las frágiles fronteras de su país es únicamente la antesala de un periodo histórico convulso: la primera guerra de los Balcanes, la I Guerra Mundial, la Segunda, el ir y venir de las dictaduras militares, la implantación del comunismo, su posterior caída, y finalmente la herida abierta del conflicto étnico en la antigua Yugoslavia.

El guión de la película tiene la virtud de integrar la cuestión histórica superponiéndola al drama personal del protagonista en busca de su identidad, a las mencionadas referencias homéricas, y a la dramatización de determinados episodios biográficos de los hermanos Mannakis. Todos los elementos se desdoblan y se hacen eco mutuamente con unas imágenes en las que Angelopoulos mezcla magistralmente el relato histórico con la memoria y los sueños y del protagonista.

A un cierto tono documental (imágenes reales de ciudades desoladas de varios países) se suma el fluir puramente simbólico y poético de cada una de las secuencias. Con ello se nos advierte que la mayor parte de los personajes no deben entenderse sino como arquetipos. Es lo que explica que la actriz Maia Morgenstern encarne por sí sola a las cuatro mujeres con las que el cineasta entabla desiguales relaciones amorosas: cada una de ellas no es sino la entrevisión de un mismo ideal, al cual el cineasta siente que no podrá atender hasta que no recupere la inocencia de su propia mirada, que considera cifrada en esas tres míticas bobinas.

De Atenas (Grecia) a Skopje (Macedonia) por carretera; de Sofía (Bulgaria) a Bucarest (Rumanía) en tren; y ascendiendo el Danubio, hasta Belgrado y Sarajevo (en la antigua Yugoslavia); estas son las principales escalas del viaje. Por el camino, el cineasta encontrará el amor, hará amistades y se reencontrará con viejos amigos, pero el protagonista no permanece con ninguno de ellos, porque su viaje es una pregunta que solo alcanzará a responder soledad, y su obsesión llegará a transformarse en trance. El simbolismo inherente a todo viaje -que ya glosó Kavafis en su famoso poema- tiene su correlato en una reflexión acerca de los procesos migratorios, las identidades nacionales, y el absurdo de las fronteras. Como las bobinas sin revelar, y como el viaje del cineasta, la cultura en cambio se mueve de un lugar a otro, errabunda y sabia.

Las indagaciones del cineasta le llevan finalmente Sarajevo. Cansado y enfermo logrará localizar a Ivo Levy (Erland Josephson), el último encargado de la Filmoteca de la ciudad, dedicado por entero a preservar las joyas de su archivo (como quien achica agua en un naufragio permanente) y entre ellas las tres famosas bobinas. Ante la insistencia del director de cine, Levy acepta finalizar el proceso de revelado de las bobinas.

Mientras el baño químico hace su efecto, Sarajevo es invadida por la niebla, y el cineasta acude junto a sus nuevos amigos a celebrar su hallazgo recorriendo la ciudad en ruinas. Tal y como ocurría realmente durante el conflicto, la niebla obliga a los francotiradores a abandonar su tarea, y los habitantes de Sarajevo aprovechan para visitar a familiares distantes en el núcleo urbano, escuchar música en la calle, y en suma, recuperar su ciudad, o lo que queda de ella. Sin embargo, tan perdido en la cegadora niebla como en el interior de sí mismo, el cineasta escucha cómo a unos pocos pasos de él unos soldados fusilan al Levy y a toda su familia mientras pasean por la orilla del río.

Cuando el cineasta regresa a la filmoteca y finalmente proyecta las bobinas, encuentra en ellas el sentido de su viaje, de su mirada perdida, y por extensión, de “toda la aventura humana”. Las Ítacas no existen.


Después de pergeñar este artículo encontré un estudio de Pere Alberó sobre la película. Está editado por Paidós y puedo afirmar que es realmente recomendable para todo aquel que quiera profundizar en las claves del largometraje.

Trailer en Youtube

servido por rrose 6 comentarios compártelo

6 comentarios · Escribe aquí tu comentario

Pablo

Pablo dijo

Hola Rrose
Ayer mismo, reguardándome del frio en la Fnac me senté a ver un libro de fotografías de Magnum. Aparecían varias fotos del makinoff que Joseph Koudelka hizo del filme.
Como está, alojada en la web de magnum, entre otras:
http://www.magnumphotos.com/Archive/C.aspx?VP=Mod_ViewBoxInsertio...
Un pena que se vea tan chica.
Pero la visita por Magnum merece mucho la pena.

Saludos

25 Noviembre 2008 | 12:13 PM

Rr

Rr dijo

Hola Pablo,

es cierto, se ve mu chico, pero mola. Muchas gracias por estos apuntes que siempre dejas.

Por cierto, estuve leyendo lo de "Workrooms en Flickr" y he tomado buena nota. Estoy preparando un articulillo breve que trata sobre la misma cuestión.

Salud y Cine ;)

25 Noviembre 2008 | 12:59 PM

mariano f

mariano f dijo

en mis años mozos de estudiante de cine empece a ver las peliculas cual Neo a la Matrix... en general perdí sorpresa y emocion desmenuzandolas, pero recuerdo q esta pelicula me rompio la cabeza y me enseño mucho...
lo q mas grabado me quedó fue el tratamieno del tiempo en los planos secuencia: elipsis sin cortes... el paso del tiempo en un paneo, pasado y presente compartiendo escenario en fina coreografia...

un tiempo mental? el cine podia ser asi de pretencioso?
ah, q tiempos aquellos...

gracias por tu blog

saludos desde aca
mariano

25 Noviembre 2008 | 02:23 PM

Rr

Rr dijo

Hola Mariano,

desde luego, si algo caracteriza el cine de Angelopoulos es su sentido del tiempo. Pocos cineastas tienen el valor (pretensión? heterodoxia? originalidad?) de rodar planos secuencia tan tremendos y fascinantes como los suyos. Y esto a su vez lo vuelve más complejo convirtiéndolo en método de transición inadvertida entre tiempos distantes.

Tengo que reconocer que hace poco intenté el visionado de O Thiasos (El Viaje de los Comediantes), y pudo conmigo, pero por contra tuve una muy grata impresión al ver Eleni. Hay que tomarlo con paciencia, pero al final Angelopoulos siempre deja algo dentro de nosotros.

Saludos submarinos ;)

25 Noviembre 2008 | 03:49 PM

Karlos H

Karlos H dijo

Hola. Yo he visto recientemente esta película y me parece una de las más hermosas y poéticas de cuantas he visto. Sé que muchos tachan a Angelopoulos de pretencioso y de que su cine es lento, pero yo no lo veo así. Yo lo veo como un cineasta muy sensible que es capaz de sugerir muchas cosas y de proponer una "mirada" muy personal. Menos mal que tenemos a Angelopoulos, porque el "otro" cine que no duerme, sino que despierta casi de súbito, se nos olvida pocos minutos después, y las escenas de Theo (como esta "La mirada de Ulises") perdura en nuestra memoria o en nuestra rutina.

27 Noviembre 2008 | 12:07 PM

David Lago

David Lago dijo

Hace años, a raíz de ver la película, escribí un poemario combinando ciertas cosas de la película y de la/mi vida y experiencias. Puedes ver el poema que se llama exactamente "La mirada de Ulises" en http://www.indiciosdedesorden.blogspot.com/, pero no recuerdo el mes en que lo colgué en la página.
Gracias.

30 Noviembre 2008 | 05:49 PM

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