Me encantan las películas de René Clair. Miento, me encantan las películas francesas de René Clair. Desde la travesura vanguardista de Entreacte (1924) hasta Quatorze Juillet (1933), incluyendo lo que para mí son inigualables joyas del cine: Paris qui dort (1925), Sous les toits de París (1930), Le Million (1931) y A nous la Liberté (1931). La trayectoria posterior de Clair es seguramente brillante, pero dudo mucho que esas otras películas me gusten más que estas que acabo de enumerar.

Este conjunto de películas fueron rodadas en un momento álgido del cine francés: en la escena creativa despuntaban maestros como Jean Renoir, Jean Vigo, o el inigualable Marcel Carné. Todos ellos hicieron excelentes filmes, precursores de la modernidad y con estilos muy cercanos a lo que posteriormente se denominaría Nouvelle Vague. Pero mientras Abel Gance, por ejemplo, daba forma a proyectos grandilocuentes como su Napoleon (1927) de 6 horas de duración, las películas de René Clair llaman la atención por la relativa sencillez de su propuesta, lo exquisito de su puesta en escena, y lo ajustado de un producto de notable potencial comercial.

En colaboración con verdaderos maestros en sus respectivas disciplinas como Alexandre Trauner en la creación de decorados, y Maurice Jaubert en la composición de las bandas sonoras, estas películas de René Clair se mueven con paso ligero, de comedia y de marsellesa, por el farragoso terreno en que se convirtió el cine tras la aparición del sonido en The Jazz Singer (1927). Clair, al igual que Chaplin, salió ileso y sonriente de la refriega. Si se observan con atención, se hace patente que estos largometrajes están en su mayor parte concebidos como cine mudo: los diálogos son escasos, pero la retórica visual de Clair es lo suficientemente audaz como para que esta tara no vaya en detrimento de la película, más bien al contrario.

En Quatorze Juillet (Catorce de Julio) Clair repite la fórmula del éxito que había puesto en práctica en todos sus filmes anteriores, pero Clair es un maestro, y en su caso, la repetición de tal fórmula no nos lleva a cansancio, sino que acabamos por reconocer un sello propio. Al igual que en Sous Les Toits de París, el argumento gira en torno a un triángulo amoroso: hay una chica buena, una chica mala, y un hombre cuya suerte le conducirá de una a otra mujer. ¿Ambientación? un barrio humilde de París durante la celebración de la fiesta nacional. ¿Qué más se necesita para hacer una buena película con este material? Solo se necesita a René Clair.

Las bazas del director son evidentes: a pesar de la enorme capacidad de estudios como el Epinay-sur-Seine, y de la implantación de la patente sonora alemana Tobis-Klangfilm, René Clair no compite con las estrellas norteamericanas y sus grandes superproducciones (es el tiempo de los fastuosos musicales de Busby Berkeley), sino que se mueve en un tono vagamente costumbrista. Ambientadas en un París casi de postal (siempre en base a los enormes y complejísimos decorados del gran Trauner), Clair nos cuenta historias de gente sencilla, de trabajadores, de sirvientas, rateros y mendigos, de gente esforzada que habita estrechas buhardillas o que sobrevive con ínfimos negocios. Escenas de barrio.

Por otro lado, a diferencia de esos romances idealizados y vagamente moralizantes del cine norteamericano, en Quatorze Juillet (como en el contexto general del cine francés), los enredos y las relaciones amorosas y de amistad se desenvuelven bajo un punto de vista bastante más moderno. Y aunque la lucha de clases toma un tono muy ligero, es a través de esos personajes de las capas más bajas que Clair cuela una visión entre divertida y satírica del contexto socioeconómico.

Y debo corregirme de nuevo: no basta a René Clair para hacer de esta película una excelente comedia amorosa y un producto de entretenimiento de primer orden (pues de eso se trata al fin y al cabo), también son necesarios la luz que desprende la belleza menuda de la actriz Annabella, un partenaire como Georges Rigaud, la fotografía de un enorme profesional como Georges Périnal, y un amplísimo plantel de excelentes secundarios como Pola Illéry o Raymond Cordy.