La Coctelera

(maquinariadelanube)

29 Marzo 2008

El Aleph de Ramón: Inventario nº 6


He tardado algunas semanas en sacar a la luz este sexto inventario porque me ha dado bastante trabajo, pero aquí está finalmente. Afortunadamente queda mucho por hacer: me temo que por ahí andan Tutankhamon y otros amigos...

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Retrato de Agnès Sorel, Jean Fouquet, ca. 1450

Agnès Sorel (1421-1450) fue la maitresse en titre de Carlos VII de Francia, osea, su amante oficial. La historia de su corta vida tiene tintes de leyenda: dotada al parecer de una belleza sobrenatural, encandiló al rey de inmediato, que la colmó de atenciones (al punto de regalarle un castillo entero para poder visitarla sin molestias), pero las habladurías y las intrigas se impusieron, de modo que se ha especulado incluso con la posibilidad de que su muerte se produjera por envenenamiento. Los datos acerca de este retrato son para mí tan oscuros como su paleta. De lo que no cabe duda es de la estrecha relación existente entre este lienzo y el famoso Díptico de Melun: la similitud de la modelo es evidente, y puesto que el díptico está fechado hacia 1450 (fecha de la muerte de Agnès) cabe pensar que el retrato de la así llamada Dame de Beauté, sirviera de inspiración al pintor Jean Fouquet (1420-1481) para la consecución de aquella otra obra maestra que, al menos por el momento, no parece que se cuente entre las imágenes del Torreón.

Virgen del Díptico de Melun, Jean Fouquet, ca. 1450

Ignoro el interés de Ramón por la poco desdeñable biografía de Agnès Sorel, pero de lo que no me cabe duda es de su interés por el seno descubierto de la muchacha. El pecho pintado por Fouquet, tanto en el oscuro retrato como en el posterior e impagable homenaje que le brindó en el Díptico, es de una limpieza volumétrica excepcional, cual esfera celeste. Yo diría incluso que es legeriano. No olvidemos que en 1917 Ramón publica Senos, una obra que aún hoy resulta heterodoxa. ¿Es posible dedicar un libro únicamente a los pechos de las mujeres? No solo es posible, con Senos Ramón dio a luz una obra genial y multiplicadora, digna de un observador extremadamente atento, y muy lejos de la morbosidad que cabría esperar de cualquier otro autor. Uno de los capítulos del libro se titula precisamente Los senos del arte, y comienza con unas palabras que muy bien podrían hacer alusión a la obra de Fouquet:

Los senos del arte apenas existen. Se materializan en la pintura y pierden su verdad, apareciendo como una cosa ficticia.
Alguna virgen tiene un seno muy mono que es como una poma de esencias o como la pomita diáfana de uno de esos búcaros de cristal que sostienen una azucena, búcaro que por lo sutil que es, parece más bien una de esas sutiles ampollas de laboratorio que son de cristal tan delgado que cuando se rompen se deshacen como polvo de talco, en vez de romperse como el cristal.

(Senos, 1917)

Chimenea de la Casa Milá, Antoni Gaudí, 1906-1910

El hecho de que una simple chimenea, como esta que vemos, pueda por sí misma reconocerse como obra inequívoca de Gaudí, es una prueba más de la genialidad del arquitecto catalán, y es algo que probablemente no escapó al ojo de Ramón. Pero si la obra de Gaudí ha llegado hasta nosotros sin menoscabo crítico, se debe en parte a la revitalización del modernismo que, en contra de la línea predominante en las vanguardias artísticas, encabezó otro artista catalán de mayor influencia si cabe. En diciembre de 1933 Salvador Dalí rompía una de las primeras lanzas a favor de Gaudí y el Modernismo publicando en la revista Minotaure –bastión del Surrealismo- un ensayo titulado Sobre la belleza aterradora y comestible de la arquitectura Modern Style. En el artículo Dalí daba a conocer en los círculos surrealistas la excepcionalidad de los edificios de Gaudí y su aportación a la liberación sensorial, ya que era una arquitectura “no sólo para habitar, sino para despertar la imaginación”.

Dalí comprende la belleza terrorífica y comestible de la arquitectura modern style. Él es el que se extasió ante las creaciones neorrománticas de Antonio Gaudí –el viejo artista siempre de rodillas ante Dios, al lado de Dalí siempre de pie en el templo- y que sorprendió casas, adornos, atributos extraños del subterráneo de París.

(Nuevos retratos contemporáneos, 1945)

El Pelele, Francisco de Goya, 1791

Las salas más tristes de los palacios en que reinó la tisis resultan alegres, eternamente alegres, gracias a los tapices de Goya, que no se parecían a los otros, a los de los flamencos, que conducían a los campos hiperbóreos y a otra vida rusticana no desprovista de tristeza hasta en su festividad. Cuando se abren los balcones en esos salones tapizados con Goyas se siente interpretada la alegría de los optimistas y llevada al Palacio la flor de la campechanía. La perspectiva de un día azul está en las paredes, como si fuesen espejos en que hubiese sido deshechado lo que sobra en la realidad y exaltado lo que hace falta. La bocanada de una agonía que les improntó su huella no les quita nada de esa alegría que los sofás imperio, con sus bellos hombros dorados, convidan a contemplar.

(Goya, 1928)

Detalle de la figura de Dante Alighieri en La Disputa del Sacramento, fresco en las Estancias Vaticanas, obra de Rafael Sanzio, ca. 1509

Franz Kafka, fotografiado hacia 1915

Hay que sumar estos dos retratos a la ya larga lista de grandes escritores que pululan por las paredes del despacho de Ramón. Los coloco aquí juntos no por su afinidad, sino precisamente por la distancia geográfica, temporal y moral que los separa. Se trata además de dos imágenes de naturaleza antagónica: por un lado el retrato pictórico, imaginado e idealizado de Dante, con su perfil majestuoso y sólido, referente absoluto de la Poesía con mayúsculas, autor de tan elevado pedestal que a veces olvidamos acercarnos a la verdad de su mundo, a la grandeza universal de su sueño. Por otro lado, el retrato fotográfico –real, exacto, pavoroso- de Franz Kafka, que -si no calculo mal- contaba 32 años en el momento de la instantánea. Kafka, el autor de obras claustrofóbicas que giran en torno a personajes de límites precisos, hombre de mirada apocada y complexión adolescente. Ramón hizo bien en tenerlos presentes, porque si Dante trazó el mapa erudito y fantástico del universo –teológico- de su tiempo, Kafka hizo el retrato de la desolación del hombre contemporáneo en los tiempos del anarquismo y el psicoanálisis.

Frente apaisada y grande –como una caja de conchas- para ver tendidas leguas trágicas, rostro de judío huesudo, pomulado, flaco y famélico con grandes orejas de murciélago blanco, KFK [Kafka] vive en extraña y cerebral ciudad, llena de misterio europeo y vientos rusófilos, vieja de arquitectura, y remodelada según proyectos ultraúltimos. Feo, con cara de facineroso, acentuados sus rasgos de judio hético, corva nariz y grandes orejas, sentía más el drama de la vida, su inapetencia y su tragedia de puertas cerradas.

(Nuevos retratos contemporáneos, 1945)

La tertulia del Café Pombo, José Gutiérrez Solana, 1920

Reproducida hasta la saciedad en los manuales de literatura, esta obra de Solana tiene su propia historia. En su página web sobre Ramón, Juan Carlos Albert ha elaborado un diccionario de su vida, y en él rinde cuentas de la presencia de Solana en la vida del escritor. En 1944 Ramón publica una monografía sobre el pintor pero Solana había aparecido ya en textos anteriores como La Sagrada Cripta del Pombo (1924), donde queda constancia del modo en que se pintó el famoso cuadro y como llegó al Café, donde permaneció expuesto hasta 1947, año en que fue donado por Ramón al estado español.

1 de agosto de 1920. La tertulia de Pombo necesitaba su cuadro y su pintor. No podía ser ese cuadro frívolo, rápido, esbozado, falso, porque iba a ser un cuadro mirado profundamente y en el que buscar otro sentido que el de la superficialidad o el retrato. El ambiente de Pombo es lo que había que salvar más que nada, y los rostros serios, abstraídos de estar cada uno solo en ese ambiente del querido café.
José Gutiérrez-Solana era el pintor indicado para pintar ese cuadro; pero Gutiérrez-Solana no hace más que lo que quiere, y por eso no se lo podíamos pedir. Varios años han pasado esperando que Solana se decidiese un día a pintar ese interior de la cripta en un cuadro de tamaño natural, de más tamaño natural, diría yo, por lo imponente que ha resultado después de hecho.

(José Gutiérrez-Solana, 1944)

En la Ribera, Julio Romero de Torres, 1928

A caballo entre la farándula madrileña y el recogimiento de Córdoba, Julio Romero de Torres pertenece al mismo caldo de cultivo en el que sobresalen pintores como el mencionado Solana y escritores como Valle-Inclán. El primer tercio de siglo XX es para el arte español un rico y complejo crisol del que Ramón Gómez de la Serna constituye la espiral central. En su biografía sobre Valle-Inclán, Ramón escribe:

El arte español no se conformaba, había mucho viejo regionalismo en muchas cosas, había que encontrar como siempre una fórmula universal. Lo típico no era bastante.
Anglada [Camarasa] tenía Mallorca; Sorolla, las playas, también llenas de luz, de Valencia; Zuloaga, Segovia y sus boteros, sus brujas, sus señoritas de mantilla y de abanico, y como Andalucía quedaba postergada, apareció Romero de Torres, con sus enamoradas a la puerta de las casas misteriosas de ocaso, con sus trípticos en que elevaba a lo divino lo profano, con su buena guitarra ¡Pero también se queda en lo típico con sus “medias granadinas”!
Todos ellos, Arteta, Zuloaga, Romero de Torres, Anglada, cuando tocan una figura solitaria, un retrato, una hidalguía sobria, una belleza melancólica y sin demasiadas alealas, tocan un momento en lo universal.

(Don Ramón María del Valle-Inclán, 1944)

En efecto, Romero de Torres abrazaba aún la atmósfera de cierto costumbrismo decadente, pero bajo la pátina localista de obras como En la Ribera, el pintor cordobés mostraba subterráneas conexiones con el expresionismo de Edvard Munch o la pittura metafisica de Giorgio de Chirico.

Edgar Allan Poe, daguerrotipo realizado por William Pratt en 1849 (ver daguerrotipo completo)

Ahí están sus daguerrotipos, aquellos daguerrotipos en que valían las ojeras de los hombres y las mujeres, sus signos de melancolía mortal. Queda en esos fondos de cristal con gota serena –ojos muertos del tiempo- el retrato más verídico del poeta. Gran frente, y como era la hora de la frenología, se le puede describir con la causalidad prominente o con los lóbulos de la idealidad exagerados.
En su indumento hay un detalle que se repite en todos sus retratos, y es que cerraba solo el botón de arriba de su chaleco, dejando un boquete entreabierto que parecía como cabestrillo de su corazón, o esa abertura de la mano apresurada del doctor de los duelos a muerte entreabre en el pecho para ver si la bala ha interesado la vida del que sufrió el disparo.
Ya está garboso, dramático, lleno de franqueza, dispuesto al amor, que es el principal objetivo de su vida.

(Edgar Poe, genio de américa, 1953)

El retrato de Poe me ha dado algunos problemas. Se le reconoce en el panel con cierta facilidad, pero localizar la imagen exacta ha sido una pequeña odisea que no se aún si he completado. Al parecer, el problema viene de largo. Un día de 1849 Poe pasaba casualmente frente al estudio fotográfico de William Pratt, que le invitó a pasar y a hacerle un retrato. Poe repuso que no estaba vestido adecuadamente, pero finalmente accedió. El escritor contaba 40 años de edad, y moriría apenas tres semanas más tarde. Fruto de la sesión es el magnífico daguerrotipo que vemos arriba. Sin embargo, en la imagen Poe dirige su mirada hacia la izquierda, y en el panel de Ramón mira hacia la derecha. ¿Se trata del habitual error de impresión? No le daría mayor importancia al detalle de no ser porque el destino del codiciado daguerrotipo de 1849 es complejo. Sin duda, la meteórica celebridad del escritor propició la difusión de sus retratos. Consciente del valor del retrato que le había realizado, Pratt realizó una copia –también daguerrotípica- del retrato original, lo que explica la menor nitidez y la disposición simétrica de esta otra placa

Copia del daguerrotipo de 1849, William Pratt, 1849

Hacia 1868, el pintor Oscar Halling -ni un solo dato acerca de este artista- recibe el encargo de realizar un retrato de Poe, y para realizarlo se le proporciona el daguerrotipo original de 1849

Retrato de Edgar Allan Poe a partir de un retrato fotográfico de 1849, Oscar Halling, ca. 1868

Finalmente, y quizás ante el extravío de los daguerrotipos originales (la copia del daguerrotipo original fue subastada en Sotheby´s en octubre de 2006), el retrato de Halling fue de nuevo fotografiado para su difusión. Una serie de copias como esta que sigue, fueron autorizadas por Amelia Poe en 1893

Copia fotográfica del retrato de Oscar Halling, 1893

¿A partir de cual de todas estas fotografías se reprodujo la imagen que Ramón recortó y pegó en la pared de su despacho? Del texto de Ramón -grave y sustancioso- se desprende que hubo de ser uno de los dos primeros daguerrotipos de esta lista.

La Resurrección, El Greco, 1595-1600

Quisiéramos un paraguas especial para ver cuadros o una rodela de un metal mucho más viejo que el plomo con un agujero para asomarnos a él. ¡Pero no hay nada! ¡No hay defensa!
Somos victimas de la suplantación viciosa, nos sonsacan lo que fuimos, nos hacen llorar de transmigraciones, nos ponen hopalandas de fuerza para que no alcancemos la mujer que nos ha dado todos los permisos.
Hay que ser valiente para mirar, pues no hay mayor heroicidad que la admiración pictórica, y recibir su tormento sonriendo, dejándonos antepasar, evidenciando nuestra desgracia.
¡Greco! ¡Greco!
Y el Greco se esconde detrás de sus biombos, y lanza el ¡miau! Burlón del pintor escondido en su pintura. (…)
¡Oh, gran pintor de bacalaos celestiales!

(El Greco: el visionario de la pintura, 1935)



Addenda

Naturaleza muerta frente a una ventana, Picasso, 1919

Busto de Nefertiti, c. 1340 a. C.

La incredulidad de Tomás, Gerrit van Honthorst, ca. 1620

Le Palais à 4 heures du matin, Alberto Giacometti, 1932

Venus dormida, Giorgione, ca. 1510

Retrato de Isabel la Católica, Juan de Flandes, ca. 1500

Arcangel San Gabriel, Escuela de Novgorod, siglo XII

Tête de femme, Pablo Picasso, 1935


El Aleph de Ramón
Inventario nº 1 (con Palabras Preliminares)
Inventario nº 2
Inventario nº 3
Inventario nº 4
Inventario nº 5
Inventario nº 6
Inventario nº 7
Inventario nº 8
Inventario nº 9
Inventario nº 10
Inventario nº 11
Inventario nº 12
Inventario nº 13
Inventario nº 14
Inventario nº 15
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7 comentarios · Escribe aquí tu comentario

tellotellez

tellotellez dijo

Encima de Kafka, Isabel la Católica de Juan de Flandes.

www.patrimonionacional.es/elpardo/bdpardo3.htm

Panel muy difícil.

30 Marzo 2008 | 09:24 PM

arati

arati dijo

Uyyss... ¿que ha pasado aquí? me ha desconcertado la nueva ambientación primaveral, pensaba que me había equivocado de lugar.

Ufff, Rr, ¡cada vez nos lo pone más difícil! Además de que las fotos siguen igual de pequeñas, se ha adelantado usted con todo lo que yo hubiera podido reconocer en este panel... le iré echando el ojo de vez en cuando a ver si me asalta una repentina iluminación, pero...

saludos

3 Abril 2008 | 11:05 AM

Rr

Rr dijo

Hola de nuevo,

los recientes cambios en La Coctelera me han tenido bastante distraido. Todo encaminado a mejorar el aspecto del blog y sobre todo el tamaño en horizontal de las imágenes, pero... por el momento todo seguirá igual.

Tellotellez,

como siempre, ha dado usted en la diana. Ha identificado una obra estupenda que subiré en cuanto pueda a la addenda. Se trata de un icono ruso que representa al Arcangel San Gabriel y está adscrito a la Escuela de Novgorod. Una imagen hermosísima y fascinante.

Arati,

mi intención es cambiar el aspecto del blog, pero nada, los obstáculos me lo impiden. Esperaré una nueva ocasión, a ver si los diseñadores de La Coctelera ofrecen por fin alguna solución verdaderamente funcional que se adapte a mis necesidades y con un nivel estético aceptable. Le aseguro -esta vez SÍ- que los restantes paneles del inventario serán mejores (ya que abarcan áreas menores). Aunque lamentablemente ya no me quedan demasiados en la recámara. A estas alturas empiezo a acusar el cansancio, y cuesta trabajo llevar palante los 6 inventarios publicados. Máxime cuando usuarios como usted o como Tellotellez me proporcionan tantos y tan estupendos quebraderos de cabeza que ponen a prueba mis escasas dotes.

un abrazo, y hasta pronto :)

3 Abril 2008 | 03:13 PM

mariano

mariano dijo

ufff... me encanta esta aventura de pared q estas haciendo
la Virgen del Díptico de Melun es una de las obras q mas extrañeza me provocaron... parece venida del futuro, un futuro setentoso, la era del plastico... entre kubrick y jodorowsky

saludos, espero ansioso tu texto

5 Abril 2008 | 08:02 PM

Rr

Rr dijo

Hola Mariano,

es cierto, la Virgen de Melun es una obra verdaderamente llamativa. Algo sideral y vanguardista sí que tiene, al menos mirado con nuestros ojos.

Contaré una anécdota. Yo ví por primera vez esta obra en una pequeña compilación de la Biblioteca Salvat titulada "Cien Obras Maestras de la Pintura". Tendría yo 10 años o así, y era una lámina pobre y descolorida, como el resto. Pero de todas las imágenes del libro esta es la que me parecía más extraña (más que el Mondrian, incluso), y durante mucho tiempo equivoqué el título, y donde ponía Virgen de Melun yo leía sin darme cuenta Virgen "del Melún", pensando que sería un error tipográfico o de traducción, y que lo del Melón hacía alusión a la teta redonda de la Virgen...

En fin, yo también tengo ganas de ver tus collages difundidos en el "magazine descargable". Va a quedar estupendo, ya verás

un saludo y hasta pronto ;)

5 Abril 2008 | 10:20 PM

eluque

eluque dijo

La mezcla de imágenes es sugerente

24 Agosto 2008 | 02:01 PM

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