El Aleph de Ramón: Inventario nº 5

Este panel es algo más grande que el último y las imágenes son algo más difíciles de identificar, pero prometo que los siguientes paneles abarcarán áreas menores.

Además de su famosa muñeca de cera y de su proverbial erotomanía, Ramón tiene presente a las escritoras y las intelectuales feministas. Harriet Beecher Stowe, autora de La Cabaña del Tío Tom (1851), logró con su novela dar difusión ideológica al abolicionismo en un momento en que la esclavitud era un tema verdaderamente candente en Estados Unidos. Reza en la Wikipedia que Harriet tuvo un encuentro con Abraham Lincoln durante la Guerra Civil y que este le dijo algo así como: “!Así que es usted la pequeña mujer que escribió el libro que ha desencadenado esta gran guerra!”. Pero debo decir la verdad: si he reconocido a la escritora ha sido únicamente porque Ramón tenía la costumbre de escribir al pie de algunas fotografías la identidad del retratado, y en este caso, muy castizo escribió “Enriqueta Beecher Stowe”.

En 1928, en plena efervescencia del Surrealismo, Pablo Picasso acomete la tarea de realizar un monumento a Guillaume Apollinaire. Para ello realizará varias maquetas, pero el monumento nunca se llevará a término. A pesar de ello las maquetas (por su valía propia, o por la creciente influencia de la obra de Apollinaire) cobran relevancia, y en 1962 se realiza esta versión definitiva de una de ellas.

…aún sin el frenesí de después, pinta el Greco El Expolio, esa ofensa penúltima de la multitud a Cristo, del que se quiere repartir la túnica. Escogió el Greco en vez de un momento efectista y tétrico un momento emocionante y sereno. Hay ya una mano que se encarga de arrancarle el vestido como un anticipo de la muerte, como la señal más cruel de que ya no va a necesitar traje, de que hay otros que van a seguir viviendo con sus ropas. Jesús aún pone blandamente su mano en el pecho, para evitar el expolio. La cosa larvada de su primer cristianismo sobre las paganías entremezcladas del italianismo de su aprendizaje, brota como ciprés redivivo en él al ser captado por Toledo, al ponerse el corsé de sus murallas, al hacer los votos de la ciudad cumbre. Como lilial ectoplasma de sus primeros atavismos, surge de él un arte que se compenetra con el trasgo, que se aculebrina en la atalaya de Toledo. En su paleta se mezclan las tumefacciones entrañables y se estiran los blancos y los amarillos entre derrames de negros, azules y rojos.
(El Greco: El visionario de la pintura, 1935)

La relación de Gómez de la Serna con el cine es estrecha, y su punto álgido lo constituye la publicación de Cinelandia (1923). En el torreón de Ramón hay imágenes de cine, están ahí, yo lo sé, lo sabemos todos. Sin embargo, no consigo identificarlas, y es una de las pocas y verdaderas frustraciones que este inventario me ha deparado. Aquí y allá encuentro actrices fumando o al teléfono, besos apasionados, bailarinas, actores de cine mudo… Pero no sé de qué películas se trata ni de qué revistas de cinéfilo salieron esas imágenes. Esta imagen es una de las pocas excepciones: el momento exacto en que Nosferatu, el particular vampiro recreado por W. F. Murnau, encuentra la muerte y se desvanece mientras la luz del amanecer se cuela por la ventana.

La identificación y localización de esta obra ha sido una de las tareas más desquiciantes del inventario. Podía haber dejado pasar la estampa, como he hecho con otras muchas obras, pero lo cierto es que me obsesioné. No sé cómo di finalmente con ella, pero la imagen del panel era tan pequeña y se veía tan mal que por el camino estuve completamente convencido de que me encontraba ante unas Tentaciones de San Antonio o un San Jerónimo realizado por Durero o por algún otro grabador alemán del siglo XVI. Rodolphe Bresdin (1822-1885) fue un auténtico romántico que despreció la pintura para dedicarse únicamente al dibujo y el grabado, técnica con la que realizó algunas de sus obras maestras, como La Comedia de la Muerte. La obra de Bresdin, fantástica y macabra, no le procuró apenas relevancia en vida, y el artista pasó a la posteridad únicamente como tutor de Odilon Redon. Bresdin vivió en la pobreza la mayor parte de su vida y, como reflejo de su famosa estampa, gustó de vivir aislado en el bosque

La muerte campa a sus anchas por el estampario en todas sus formas y es, a todas luces, uno de los asuntos principales en la obra de Ramón. Su vocación de modernidad y levedad estuvo de parte a parte atravesada por esta temática de la muerte y el paso del tiempo, lo que le emparenta con una larga tradición literaria y plástica, particularmente anclada en el barroco español. El libro del novohispano Fray Joaquín de Bolaños es una rara mezcla entre la protonovela satírica mejicana, la literatura emblemática, y los textos moralizantes de los círculos religiosos de la época. ¿Leyó Ramón este libro? Si lo hizo, sin duda debió de gustarle el tono entre macabro y sarcástico de algunos de sus capítulos, porque entre las greguerías, Ramón sentencia:
En cuanto se abre la rosa comienza a dictar testamento.
La muerte es hereditaria.
Nos aliviaríamos si comprendiésemos que morir es la última diversión de la vida.

Esta escultura de Dalí fue realizada originalmente en 1931, pero la pieza debió romperse o extraviarse, ya que tuvo que ser reconstruida en 1973. De ahí que la foto que se encuentra en el panel (y no esta) se corresponda con toda seguridad con la obra original de Dalí. El zapato rojo de tacón da un aire vagamente fetichista a la obra que no está demasiado lejos de la fecunda obsesión de Ramón con los objetos todos. En su libro sobre Dalí, Ramón escribe:
[Salvador Dalí] Eleva el zapato –el complejo del zapato- hasta convertirlo en sombrero. Los zapatos preocupan al hombre y se le presentan como espectros de sus pies. (…) Un zapato siempre tuvo importancia y aún queda flotando en el mar aquel zapato que el Santo tiró a las olas encrespadas, haciendo que se calmase la tempestad.
(Dalí, 1977)
La escultura, realizada mediante la adición de objects trouvés, nos recuerda que en El Rastro (1915), Ramón se refiere la experiencia desasosegante de observar los zapatos usados:
Las botas altas de mujer con diez mil botones, parece que contienen -¡oh acerva lascivia!- un resto de carne de la pierna procaz. Los zapatos con tacón Luis XV tienen una coquetería lúgubre, y ante ellos se piensa en la triste renunciación mezclada a una alegre cachondería de la mujer que los acepte, imaginándonos cómo la nota argentina y jovial que ponen a las calles los otros zapatos de mujer, será más sorda y más opaca con estos…
(El Rastro, 1915)


La presencia en el panel de estas dos fotografías es llamativa. Se encuentran muy cerca la una de la otra, y me preguntó de dónde las sacó Ramón, porque ambas fueron realizadas en fechas muy próximas entre sí, y por el mismo fotógrafo: Franz Seraph Hanfstaengl (1804-1877), haciendo uso de una composición idéntica en los dos retratos (solo varía ligeramente el mobiliario y la colocación de las telas). Hanfstaengl fue un renombrado pintor, litógrafo, fotógrafo e impresor bávaro de mediados del siglo XIX, y por su estudio pasaron una infinidad de celebridades de la época. Desde luego no es de extrañar que en su galería de retratos ilustres Ramón tuviera presente al autor de La Reina de las Nieves y otros clásicos de la literatura infantil. De todos modos, presten atención a la diferencia tan marcada entre la complexión más bien endeble y desgarbada de Andersen y la figura apuesta, melenuda, leonina y desafiante de un Franz Liszt que para la fecha tenía apenas 47 años y una mirada muy atormentada y muy romántica.
La fotografía suele ser una idealización y hay fotógrafos de galería que tienen el don adivinatorio de saber cómo querría ser su cliente y le hacen el retrato de cómo querría ser. Ya obran más con focos que con nubes los artistas de la alta cámara, pero antes era bonito verles mover nubes en lo alto de la cristalera con luz cenital hasta lograr el día gris que le sentaba mejor al fotografiado. (…) Antes había muchos adminículos para ese momento perpetuador, y la guardarropía en los cielos del fotógrafo correspondía en lo alto a la guardarropía abismática de los teatros. Había sombreros, pelucas, manguitos, bustos postizos, sombreros de copa alta, tronos, etc., etc., un arsenal de cosas de las que solo quedan ahora juguetes para los niños: caballos mecedoras y muñecas fotogénicas. En las mesitas con media melena de torzal de seda, había libros encuadernados, candelabros, bastón y guantes –clavados para que no se los llevase nadie- y un álbum con música.
(Automoribundia, 1948) (Capt. XCV)

Hasta el momento, esta es la única obra de Marcel Duchamp inventariada en las paredes del despacho. Este objeto, que tiene un cierto aire científico, no es más que un conjunto de rodamientos dotado de una reluciente y perfecta inutilidad. La media esfera giratoria sobre la que se ha pintado una espiral produce, mirada de frente, y con el motor en marcha, una ilusión óptica que desvirtúa el volumen real de la semiesfera. Es una obra que entronca con la obsesión de Duchamp por el punto de vista, la perspectiva, y los efectos ópticos. Precursor del op-art y del arte cinético, el artista francés comenzó sus investigaciones a partir de la observación de un sencillo artilugio óptico colocado como anuncio publicitario en una cervecería. En Ismos, Gómez de la Serna ensalza la belleza de las máquinas, de las turbinas, de los giros frenéticos:
¿Qué caracol es comparable, joyeros poéticos y ruines sensibleros que os entusiasmáis con una conchita o un caracolito y que os pasáis la vida buscándolos a través de las playas inhóspitas, a una gran turbina que es un maravilloso caracol del artificio y un rizo formidable que forma la espiral poderosa e hija del hombre? La turbina acaracolada y potente provoca la emoción del corazón y lo mueve, lo mueve con voluptuosidad nueva en forma de rizo fatal.
(Ismos, 1931)

Todavía me parece que estoy viendo la amalgama de los primeros tiempos. Carrá, como una estrella de la tarde; Chirico, como unas ruinas que resucitan; Harp [sic], con su puzzle desintegrado; Max Ernst, con sus anuncios revueltos…
(Dalí, 1977)

El estampario como invitación al viaje:
Querido Ramón
En vista el estado de ánimo un poco pesimista en que me encontraba, he recurrido a la vieja medicina de los viajes: me he ido a Nueva York. Gracias a la confianza que supone esta correspondencia en que no hay engaño para segundo, puedo muy bien permitirme la carta viajera, aunque no me haya movido de mi despacho. En este viaje sin las enormes violencias, molestias y gastos de los viajes, pero con el gusto de escribir una carta desde un sitio lejano, me alegra el ánimo haber llegado a Nueva York y poder describir la ciudad sin más ambajes, con mejor sonambulismo que el de un viajero. Desde luego en Nueva York hay una lluvia vertical y torrencial de ventanas, a la que hay que acostumbrarse para no perder la cabeza. Nueva York, en invierno, es un gabán de marta cibelina cubierto de nieve…
(Cartas a mí mismo, 1956)












































arati dijo
Estimado RR, gracias mil por ese Rodolphe Bresdin, ¡me parece precioso!, me encantan las imágenes de danza de la muerte, memento mori, etc... no sé, será algún golpe que me di de pequeña.
En este panel encuentro parecidos pero nada claro.
La mujer sentada con la falda malva parece de Julio Romero de Torres, pero no la identifico. En el panel de la derecha hay una imagen que juraría que es una copia del retrato de Góngora que pintó Velázquez, pero tampoco.
En el panel central, abajo, al lado de un nuevo mes de ese calendario medieval que no localizamos y que en esta ocasión puede pertenecer al mes de virgo o al de acuario (no alcanzo a diferenciar ni la constelación ni los trabajos de campo), la joven con melena al viento creo que es Dafne huyendo de Apolo en la escultura de Bernini.
Y eso es todo por ahora. Mis respetos.
11 Marzo 2008 | 07:27 PM