El Aleph de Ramón: inventario nº 2

He aquí el segundo fragmento de pared. Observad atentamente, porque creo que dará lugar a una abundante addenda. Suerte.

Esta obra fue colocada en un lugar casi central en el panel. Modigliani formó parte del amplio cogollo de pintores que poblaron la bohemia francesa de la que Ramón, de algún modo, fue corresponsal espiritual en nuestro país. Dado el interés del escritor madrileño por el género erótico no es de extrañar la presencia de este pintor de origen italiano, aclamado principalmente por sus excelentes y estilizados desnudos, aunque esta bella romana es la única obra del pintor que he localizado en las paredes del torreón.

No sabía nada acerca de este artista hasta que me ví en la tesitura de intentar identificar la imagen que ven ahí arriba. André Gill (1840-1885) fue ilustrador, pintor, cantante, poeta y escribano. Todo un personaje del maremagnum cultural de la segunda mitad del XIX en París, lo que le llevó liderar una postura de rebeldía junto con otros pintores como Courbet, Daumier o Corot. Fue sin embargo la caricatura y la sátira del mundo político y cultural lo que le brindó popularidad, a través de revistas que fueron sistemáticamente atacadas por la censura. Cuando le cerraron La Lune, sacó a la calle L´Eclipse, desde donde siguió fustigando a todos los personajes relevantes de la época. ¿Quién es ese tal “Monsieur X”?

Como veremos en un próximo inventario, Ramón fue un enamorado de las artes circenses. En las paredes del torreón hay varias fotografías de contorsionistas, y aunque lo he intentado con vehemencia, he sido incapaz de identificar con precisión a ninguno de ellos. A saber qué oscuros artistas, olvidados ya en el tiempo, son realmente los que aparecen desperdigados aquí y allá en la pared. Quería, sin embargo, dejar constancia del tema en este inventario, de modo que he seleccionado esta fotografía de una contorsionista llamada Erika y que parece tomada en los años cuarenta o cincuenta (La imagen proviene de Flexi Babes). En El Circo (1917), Ramón los llama hombres serpientes, y de ellos dice:
Los contorsionistas desarticulados son los hombres que mejor se desperezan en el mundo, quedándose sin ningún desperezo dentro después de hacer su número.
En el caso de tratarse de una contorsionista, este tipo de espectáculo posee un efecto algo más turbador, porque Ramón, circunspecto, añade:
Solo un mal hombre ha podido enseñar esas posturas a la contorsionista.

Como de tantas otras cosas, Ramón fue un adalid del cubismo, a tal punto que escribió una Completa y verídica historia de Picasso y el cubismo (1929). Tengo que reconocer, por tanto, que esperaba encontrar una mayor cantidad de obras cubistas en las paredes de su despacho. Efectivamente, abundan las obras de Picasso (de todas las épocas y todos los estilos), y aquí y allá vemos a Cezanne, o a Leger, y Diego Rivera le retrató al estilo cubista en un famoso lienzo, pero no mucho más. Creo haber identificado correctamente este bodegón de Juan Gris realizado en 1915, aunque es sumamente dificil aseverarlo. Bajo la alargada sombra de Picasso y Braque, la breve trayectoria de Juan Gris constituye uno de los episodios más brillantes del arte de vanguardia español.
El pintor está en su elemento oleal y oleaginoso, y come como pintura en forma de pez, sobre su esmeraldino aceite de linaza. Ninguna amalgama entre pintura y condumio como la que celebra el artista comiendo conservas, entusiasta de la anchoa anillada que parece haber sido rizada por el pincel. ¿Qué mejor que el que Juan Gris coma grises plateados, sin salir de casa, con el cartón preparado, fácil al lápiz, compuesto el difumino para establecer aquellos dibujos suyos tan personales, tan expectables, tan conserváticos? Dura años de lentos inviernos y lentos otoños –el verano tiene siempre alborozo y baile de alegre kermesse- esa pintura de comedor en que pasaba el tiempo como una interminable sobremesa.
(Nuevos retratos contemporáneos, 1945)

De sobra es conocido: Henri Rousseau, El Aduanero, fue un señor respetable y de oficio humilde, que pintaba en su tiempo libre. Picasso y Apollinaire se interpusieron en su camino, y su estilo extra-académico, ajeno a los cánones establecidos, acabó chiflando a todos los modernos, Ramón incluido.

En el arte de Léger se desperezan todos los radiadores y todas las tuberías de la gran máquina de la vida. Pinta Léger lo que hay en la vida de relacionado, por medio de tuberías correspondientes, lo que hay en la vida de acoplado, porque solo así el equilibrio de la vida persiste (…) ¿Cómo ha podido este pintor encontrar tran gran variedad y tan gran dignidad con elementos de apariencia monótona y simple? Ese es su secreto, pero nosotros ya podemos ir pensando en aceptar en los museos estas ruedas, volantes, hélices y motores enrevesados.
(Ismos, 1931)

Las paredes de Ramón están plagadas de retratos de poetas, dramaturgos, pensadores e intelectuales en general. Estoy seguro de que en alguno de sus escritos Ramón debe referirse a la presencia constante de tan doctos compañeros de celda. Ejemplos a seguir, fotografías para documentarse, para arropar su vocación, o quizás vigías con la función de darle una cachetada cuando la fatiga se impusiera en el trabajo diario. Aquí vemos al autor de El Último Mohicano, retratado por uno de los más destacados fotógrafos estadounidenses del siglo XIX, Mathew B. Brady.

Más de treinta años después de la muerte del dramaturgo noruego, Ramón dibuja su silueta en uno de sus retratos biográficos, y probablemente es esta fotografía la que describe:
Queda atrás la historia de su vida, su pueblo de pescadores, la farmacia en la que fue mancebo, sus luchas políticas, sus homenajes con antorchas en las plazas de los teatros extranjeros, sus fechas, su muerte. Ahora se presenta un Ibsen vago, nuevo, resucitado, todavía no en el porvenir de las posteridades, sino en otro tiempo, en el primer devenir, cuando aún vuelve la cabeza hacia el reportero, sentado en su mesa llena de pisapapeles, pesacartas y abrelibros. Aún no se ha apolillado aquella escarcela de pared bordada por su mujer en el primer año de matrimonio. Gruñe con aquellos arrebatos de león que caracterizaron su vejez de doble patilla blanca –patilla y barba al mismo tiempo-, lanzando fuego por sus espejuelos.
(Nuevos retratos contemporáneos, 1941)

Bien le hubiera gustado a Ramón tener en su despacho un objeto tan divertido como este, pero se conformó con una fotografía en la pared. En el panel, la imagen está constelada por varios recortes de ojos. Dicen que el ojo que Man Ray colocó en el metrónomo fue recortado de uno los retratos que le hizo a Lee Miller, una de las mujeres más bellas y talentosas a las que el fotógrafo amó. Ya lo hemos dicho, la obra de Ramón es, en su mayor parte, una literatura creada a golpe de ojo, y escribió innumerables greguerías acerca de los ojos.
Al cerrar los ojos vemos letras chinas.
Tenía ojos de botón bien cosido.
Las vacas escriben con el tintero de sus ojos el poema de la resignación.
Con el monóculo, el ojo se vuelve reloj.

Podría pensarse que un autor que glosó y ensalzó como ningún otro tantos ismos, participaría también de todos los prejuicios propios de la modernidad, pero si algo caracteriza los collages
parietales de Ramón es una gloriosa indiscriminación temática y estilística. El arte del siglo XVIII, quizás por su aparente pusilanimidad, no gozó de buena fama entre los modernos, pero en su importante y premonitorio Ensayo sobre lo cursi (1934) Ramón escribió: "Así como lo barroco tiene su última explicación en lo cursi, lo cursi tiene su primera explicación y antecedente en lo barroco". Curiosamente, en 1949 Ramón publica una novela titulada Las Tres Gracias, con el subtítulo de novela madrileña de invierno.
La duquesa, que fue la primera mujer moderna de España, y que hubiera sacrificado ya su suntuosa cabellera si entonces se hubieran usado las cabelleras del día, destacó su cintura con iniciativa de audacia y señaló con ceñimiento la perinola del desnudo. (…)
Cuando conoce Goya a la duquesa de Alba tiene cuarenta y cinco años, y cuando pinta el retrato del Palacio de Liria, en 1794, tiene cuarenta y nueve, y la duquesa, que nació en Madrid el 10 de junio de 1762, tiene treinta y tres, y como se casó con el marqués de Villafranca en enero de 1775, osea, a los trece años, lleva veinte años de matrimonio, lo que la produce esa avidez de lo vario y lo desatado que la empuja hacia Goya como hacia otros.(Goya, 1928)

Mark Twain, encontrándose cierto día en una iglesia escuchando el sermón que hiciera el pastor protestante, le dijo asombrando a la concurrencia:
- Muy lindo, pero tengo allá en mi casa un libro que contiene todo lo que usted ha dicho, desde la primera hasta la última palabra.
- No puede ser- protestó el pastor.
- Ya lo creo que puede ser. Y si quiere convencerse venga conmigo y se lo demostraré.
Ambos partieron rodeados de curiosos, y cuando llegaron a la biblioteca de Mark Twain el escritor se adelantó hacia un estante, tomó un libro y se lo entregó al sacerdote: era un diccionario de la lengua inglesa.(Nuevas páginas de mi vida, 1957) Capítulo XXVI

Hubo un momento en que todo un principio de generación quiso robarle a Anatole France su calidad de novelista, pero pasó esa cola de generación y Anatole France volvió a conseguir su gran condición de novelista.
Vio pausada e irónicamente la vida, a un ralenti especial, y así queda palpable a través del tiempo lo que parece que se tornó impalpable. Detuvo la vida en su ilusión de novelista y de espectador y por eso la hizo inmortal como lo es todo lo que logra ser incorruptible.(Diario Póstumo, 1972)

Este retrato fotográfico del novelista francés Jules Barbey (1808-1889) es muy similar a un retrato al óleo realizado por Émile Lévy (1826-1890) hacia 1881, y aunque en el capítulo dedicado a Barbey contenido en Efigies (1929) Ramón se refiere al retrato pintado por Lévy, en ciertos detalles Ramón parece estar describiendo esta misma fotografía:
Es en este momento el hombre del sombrero de copa echado hacia atrás y como llevando una capa española de embozo rojo, de aquellas amplias y vueludas. Viejo coronel de coraceros, con su gran cabellera negra cayendo del casco. Hombre de gabán de pieles, cabeza merovingia para pasearla por los viejos caminos merovingios. “Tipo con el color encendido –dice Aurevilly-, como si ardiese en su propio sentimiento”. Ojos negros. ¡Gran duque de Guisa de la literatura!
Parece que va a caballo, un caballo de pura raza francesa, un caballo de mariscal. “El hombre no es completo y magnífico sino a caballo”
Barbey mira a la vida con ese gesto de cejas altas y párpados caídos sobre una pupila entornada como una rayita.(Efigies, 1929)


Todo el ángulo superior izquierdo de este panel parece estar consagrado a Paul Verlaine, ya que hasta en seis imágenes distintas es posible identificar al autor de Poemas saturnianos y de Fiestas Galantes. Varias de esas imágenes pertenecen a un conjunto de fotografías realizadas en 1892 por el pintor, grabador y fotógrafo holandés Willem Witsen (1860-1923), pero la más interesante de todas ellas es la que sigue a continuación, ya que probablemente fue esta la que Ramón glosó con detenimiento en La Sagrada Cripta del Pombo (1924):
PAUL VERLAINE EN EL CAFÉGeneralmente iba al café François Ier y se escondía en un pliegue del café. Pedía un ajenjo, un “Señor Pernot” y lo preparaba como sacerdote que consagra y eleva. Después iba apurando el cáliz entusiasta, y al final sentía la explosión de los veinte aguardientes concentrados que hay en cada ajenjo.
Todos los días así.
Todos los días se metía en los esquinazos de los cafés, en los sitios cerrados por la mesa contra la pared, en los sitios en los que nadie puede echar a nadie por más que empuje. Allí se conserva aún la figura arrinconada, remetida, escondida, oculta, de Verlaine. (…)
Verlaine entornaba los ojos porque precisamente así se abren mejor los verascopos con vistas a otra luz que la del sitio en que se establecen, luz interior y como submarina después de las aguas que hace el fuerte y grueso objetivo.
Alguna vez Verlaine sufrió los grandes coscorrones con la cornisa que cose el terciopelo del respaldo de los divanes a la pared del fondo. (…) Sonreía con abnegación cuando alguna vez recibía uno de esos golpes y seguía pensando, mirando hacia arriba, con todo el rostro torcido, con cierto dolor y cierta grima, ante las venganzas ruines de Dios.(La Sagrada Cripa de Pombo, 1924)

Celebridad y grandeza ha tenido siempre el que Goethe, al expirar, pidiese: “!Luz! ¡Más luz!”. Pero ahora, empeoradores de la anécdota han inventado unas últimas palabras que estuvieron dirigidas a su nuera, a la que Goethe dijo: “Dame tu patita”. Y otros sostienen que antes de morir preguntó qué día era, y como era el segundo día del solsticio de marzo, dijo delirante: “!Oh, la primavera ha comenzado!”.
(Los muertos, las muertas y otras fantasmagorías, 1935)









Francisca Sabasa y García, Francisco de Goya, 1803-1808













































Bashevis dijo
Genial, desconocia la mayoria de obras que mencionas, asi que investigare poco a poco... Este panel es más grande, hay para rato, jejeje.
Para empezar te comento una obra de El Greco (que esta al centro a la derecha, al lado de la puerta con la media cara (que parece muy Magritte...)).
Se trata de "Santo Domingo en oración"... aqui visible
( http://personal.auna.com/moreno1/cuadro2.htm )
Nos seguimos leyendo, suerte y gracias...
20 Enero 2008 | 04:10 PM