Gian Paolo Dulbecco o el silencio de la pintura

En la red, como en la vida, encontrar es siempre más
divertido que buscar. Pueden buscarse objetos, ideas, personas, y buscamos siempre en la certeza obstinada y metódica, pero muy frágil la mayor parte de las veces, de algo cuyos contornos creemos inútilmente intuir. Buscar es por demás una actividad infructuosa, y sus resultados son, estadísticamente, parcos y tristes. Solo el encuentro, el encuentro verdadero y revelador, nos redime del sinsentido, pero es algo que únicamente ocurre, para desesperación de unos, y para delectación de algunos (entre los que me incluyo), por azar. Y así es como tropecé con la pintura de Gian Paolo Dulbecco (La Spezia, 1941).

Decantación es probablemente la palabra que define con mayor precisión la obra de Dulbecco. Los espacios representados en sus cuadros están envueltos en un silencio que a veces es enigmático e inquietante, y a veces es gratificante como un abandono despreocupado en el que tenemos la certeza de que algo ínfimo y hermoso va a ocurrir. Un pasillo a contraluz, un corredor abierto e iluminado por el sol, el mar, pequeñas terrazas, muebles elegantes en habitaciones de un vacío límpido, inmensos jardines nocturnos habitados por polichinelas solitarios, ciudades míticas y desoladas... en Dulbecco se perciben, digeridos, la atmósfera de Giorgio de Chirico, el color, el canon y la inocencia El Aduanero Rousseau, y los bodegones humildes de Morandi.

Dulbecco parece tener la honestidad necesaria para retomar la commedia dell´arte sin provocarnos hastío. Su vocación de clásico es tan obstinada como maleable, y ello le permite alcanzar el encanto. A veces, Dulbecco coloca un edificio como un recorte de cartón o un añadido escenográfíco y plano. Las líneas simples y armoniosas de estas construcciones ilusorias conforman acaso la vivienda de un marinero, y se muestran central y simétricamente, perfectas en su irrealidad, y junto a ellas el repetido polichinela (escribiente, poeta, músico, jugador de ajedrez), o un mono, o un hombre pensativo, alguna vez incluso un rinoceronte que habría hecho las delicias de Fellini.


Cuando nadie habita los espacios de Dulbecco, aún más se refuerza la idea de una pequeña escenografía en la que uno espera ver entrar -por la derecha, por la izquierda- a algún personaje estupendo: un obispo magnífico y cansado, una dama misteriosa y vestida de negro, un niño oteando el mar, un piloto de carreras haciendo pajaritas de papel. Y sin embargo, la ausencia de este reparto no solo no resta fuerza a estos enclaves sino que los hace más atrayentes: desde estos lugares en soledad el silencio nos llama y nos pasa un dedo calmo por la frente.

Todas las imágenes proceden de la página web de Gian Paolo Dulbecco






































sobreunanube dijo
off-post: viendo ayer este anuncio http://www.youtube.com/watch?v=a7Ny5BYc-Fs me acordé de tu blog.
17 Septiembre 2007 | 09:45 AM