Nacidos físicamente idénticos en Pennsylvania en 1947, los gemelos Timothy y Stephen Quay han desarrollado desde finales de los años 70 una filmografía magistral y muy difícilmente clasificable. Centrados en el terreno de la stop-motion han realizado un buen número de cortometrajes breves, concentrados, terriblemente bellos y crueles, angustiosos, desconcertantes y técnicamente asombrosos. Rehúsan toda aparición pública y realizan ellos mismos casi todos los elementos de sus producciones: la fabricación de las marionetas y escenografías y su paciente manipulación, la iluminación, la dirección y la fotografía.

A diferencia de otros animadores más amables, como pudiera ser Ladislas Starewicz (1882-1965) –pionero entre pioneros- los Hermanos Quay reconocen como maestro a Jan Svankmajer, y nos ofrecen una obra extremadamente personal, cargada de referentes literarios (Bruno Schultz, Robert Walser) y plásticos (en el cine y en la pintura), pero despojada de toda amabilidad hacia el espectador, el cual se siente por igual fascinado e incómodo ante lo que ve.

Adentrarse en cortos como Street of Crocodiles (1986), Rehearsals for Extinct Anatomies (1987), o The Comb (1991) es penetrar en espacios de creación total, cerrada, completa y perfecta, y en estructuras narrativas alógicas, regidas por sus propias leyes, enraizadas en lo onírico y en un surrealismo palpitante. Las superficies y los objetos de estos mundos ilustran incomprensibles maquinarias, espacios laberínticos, perspectivas falsas, y una eventual dislocación de las cualidades naturales o lógicas de la materia. Es lo modesto de sus dimensiones lo que permite el control de todos los parámetros visuales, y aplicar sobre estos un discurso cinematográfico muy poco común por su compleja elaboración en los encuadres, profundidad de campo, etc.

Llama la atención además el modo particularísimo en que sus obras son gestadas y creadas. Dotados de una afinidad que solo puede definirse como telepática, sus dotes creativas se complementan totalmente en la consecución de unos filmes sin fisuras, a no ser las propias del delirio espejeante y abierto que nace de estas dos mentes.

Observando con atención The Cabinet of Jan Svankmajer (1984) o el apasionante reportaje Anamorphosis (1991) se vislumbra -no, no se ve- un discurso cargado de símbolos, culto y especulativo a la vez, es decir, pleno de juego y experimentación, en torno a las ilusiones visuales (llámense cine o pintura) y su función simbólica o psicológica. No por casualidad trabaron ya a principios de los 80 amistad con Peter Greenaway, al punto de formar parte del extenso y paradójico reparto de la magnífica The Falls (1980) así como servir de inspiración para la pareja de gemelos que protagonizó su posterior film Z00 (1985)

La sobrecogedora tristeza de Street of Crocodiles o la bellísima y didáctica puesta en escena de los efectos de Anamorphosis demuestran que los Hermanos Quay no son unos meros marionetistas, sino dos creadores que, atesorando celosamente sus obsesiones, ofrecen siempre un discurso propio, ya sea a través de sus marionetas o de largometrajes al modo tradicional como Institute Benjamenta (1994) o el reciente The Piano Tuner of the Earthquakes (2005).

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