Pandora Brooks

No lo he hecho aposta, y no tengo en realidad ninguna fijación con el mito de Pandora, pero lo cierto es que anoche estuve viendo La Caja de Pandora, el clásico de G.W. Pabst de 1929.
Se trata de una adaptación de la Lulú escrita por Frank Wedekind (1864-1918). Lulú representa un cierto paradigma femenino, si no necesariamente maléfico, al menos inevitablemente pernicioso. Una idea de lo femenino que hunde sus raíces en el siglo XIX: la femme fatale.

Pero al igual que la Lola (Marlene Dietrich) de Der Blaue Engel y la Pandora Reynolds (Ava Gardner) de Pandora and the flying Dutchman, la Lulú de Pabst es un ser de una belleza y un encanto enormes, inocente y despreocupado, que por mera atracción es capaz de desencadenar el desastre a su alrededor. Osea, una verdadera Pandora.
Recogiendo multitud de elementos propios del expresionismo alemán por la vía madura de Fritz Lang, La Caja de Pandora pretende ser –y quizás lo consiga- un drama social y un análisis de contrastes entre clases sociales. Al igual que en El Último (Der Letzte Mann), Lulú es una chica de los bajos fondos que procura escalar socialmente a costa de lo que haga falta, pero su naturaleza y su belleza la abocarán de nuevo a la perdición y a la miseria. El contenido de la película fue considerado en muchos aspectos escandaloso: la vertiginosa reducción de centímetros de ropa, la inquietante espalda desnuda de Pandora, las alusiones a la prostitución, al proxenetismo, e incluso el lesbianismo…

La realización de la peli es notable, y llama la atención la división en varios actos. Cada uno de ellos nos narra únicamente un fragmento en la vida de Lulú, y la elipsis entre ellos está resuelta con suma elegancia. El argumento se desarrolla lentamente, con secuencias de bastante duración, y el largometraje al completo transmite un mimo a los detalles y a la dramatización de las situaciones que podría sorprender a aquellos que creen que el cine mudo es tan solo la ligereza del slapstick.

Haciendo honor al texto original, la película de Pabst es un verdadero drama, pero alumbrado de forma constante por la oscura luz que proporciona la gran Louise Brooks y su enigmática belleza. Pabst escogió personalmente a esta actriz y la lanzó al estrellato. Probablemente no ocurrió del mismo modo pasional con el que Sternberg transformó y volatilizó hacia a las estrellas a la pequeña Marlene, pero Louise Brooks pasó a convertirse en un arquetipo de mujer poderosa, liberada e irresistiblemente atractiva.
Pabst hizo pocas películas del calibre y la resonancia
Pandora. Su posterior colaboración con el régimen nazi lo condenó irremediablemente al ostracismo. Louise Brooks logró mantener su estatus con pelis como Prix de Beauté (1930), y mantuvo su reputación de mujer moderna, al punto de llegar a posar desnuda con fines arrrrtísticos, pero su luz se apagó en pocos años. En 1938 abandonó su carrera cinematográfica, y sustituyó el mundo de la élite por el universo etílico.






































niña azul dijo
;7)
24 Mayo 2006 | 12:32 PM