El Circo de Calder
Alexander Calder (1898-1976) es conocido y reconocido en el mundo entero por sus esculturas móviles, algunas de gran tamaño, y su obra es indicativa de un espíritu alegre, abierto y muy divertido. Al final de su vida Calder tenía el pelo completamente blanco, llevaba siempre una camisa roja de franela (el rojo de tantas de sus esculturas) y reía a mandíbula batiente, osea, algo a medio camino entre un Papá Noel surrealista y un experimentado cirujano del metal.

Pero pocos conocen su fascinación por el circo. Era tal que un buen día comenzó a confeccionar, con los materiales qué el usaba magistralmente (trapo, madera, alambre, y alguna goma), una pista de circo sobre la que fue añadiendo los personajes que conforman una compañía completa. Todo estaba hecho a mano, y cada muñequito, carromato, o animal estaba realizado de un modo específico, de modo que bajo la experta manipulación de su creador podía realizarse una función completa. El mismo Calder daba vida a todos y cada uno de los personajes (trapecistas, domadores, payasos, lanzadores de cuchillo, leones…), y les ponía voz, mientras que su esposa, en un aparte, pinchaba en un tocadiscos las típicas melodías circenses.

Periódicamente el escultor abría la pista de su Cirque Calder, que fue degustado por artistas e intelectuales desde su estreno en París en 1926 (Jean Cocteau, Fernand Léger, Piet Mondrian, y Joan Miró fueron algunos de los adeptos), y prácticamente no dejó de hacerlo a ambos lados del atlántico hasta su muerte en 1976.
El Circo Calder es al fin y al cabo una compleja escultura de juguete con diversos accesorios móviles, y los personajes que lo integran guardan una estrecha relación con el tipo de esculturas de alambre a las que tan aficionado fue el norteamericano (como su magnífica Josephine Baker).


Nos han quedado multitud de piezas y personajes de este circo, pero para hacernos una idea más completa de lo que este circo supuso, un tal Carlos Vilardebo rodó en 1961 un documental muy breve titulado El Circo de Calder, que puede consultarse en esta sección de la extraordinaria Rolland Collection. En la cinta vemos a Calder preparar los objetos, y accionar los rudimentarios mecanismos que permiten a sus muñecajos cobrar vida. La precisión de los engranajes, el equilibrio de las piezas, y la capacidad del artista para imaginar los números y ponerlos en juego es una maravilla.

Si Lotte Reiniger hizo un uso magistral del papel y las tijeras, Alexander Calder demostró (una vez más) que se podía hacer arte sin recurrir a una pose circunspecta. Dicen que fue su circo lo que le abrió las puertas del taller de Piet Mondrian: allí, un jovencísimo Calder admiró la rigurosidad y el ascetismo del neoplasticismo, para luego transformarlo en un partido de fútbol escultórico detenido en el aire.
Me pregunto insistentemente si Ramón Gómez de la Serna llegaría a asistir a alguna función de este circo infraleve, porque intuyo que hay la misma cantidad de circo en Ramón que en Alexander: un circo esencializado, y puesto en el aire. También la prosa del madrileño está hecha de alambre.







































jasoninternauta dijo
Ya te comenté que lo tenía abierto hacía tiempo, pero abandonado, hasta que me decidí a hacer algo en él. Me alegra que me hayas localizado. Yo tengo agregado tu blog desde que lo abriste, y te leo, aunque no siempre te pongo comentario.
Ahora estoy al otro lado del pc, (ya sabes) y no te puedo "ver", pero uno de estos días me pasaré por el msn y hablaremos un rato.
Y una cosa, si tuvieras la dirección de correo de Cima, te agradecería mucho que la pasaras por e-mail; me gustaría mandarle un correo por lo que ya sabes ;)
Buenas noches, Rrose.
7 Marzo 2006 | 12:47 AM