1 Julio 2009

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El mundo está lleno de bocetos. No es sólo boceto lo que el pintor realiza como acercamiento a la obra que quiere conseguir. El humo de un cigarrillo, las propias líneas que surcan nuestro cuerpo, los gestos de nuestras manos, las nubes que sobrevuelan nuestras cabezas son en cierto modo bocetos. Incluso nuestra propia vida es el esbozo de la vida que algún día soñamos tener.
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Antología de Bocetos es un libro escrito e ilustrado por Óscar Pérez y Daniel Monedero y ha sido lanzado a través de su proyecto editorial: El Canibalibro. Ambos han tenido la gentileza de permitir la descarga completa del libro para que puedas pasarlo por tu impresora y armarlo fácilmente por tí mismo. Me quito mi ajado sombrero de copa ante la sencilla poesía que hay en los textos y las ilustraciones de estos caníbales.

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21 Junio 2009

Equilibrios domésticos II, Pilar Rojo, 2008
A mí las proezas de las sufragistas, y a mí la lucha diaria de cada mujer por la reivindicación de su papel en la sociedad, pero la política de género no es, en líneas generales, plato de mi gusto. No tolero la demagogia del político de turno que se sirve de un tema como este para desplegar su verborrea incontenible y para dar apoyo a su propia candidatura a la estupidez. Y en cambio, siempre acojo con interés a aquellos artistas que saben entrar al trapo de la cuestión con ciertas dosis de sentido del humor y de provocación. El papel que los collages de Pilar Rojo y Gloria Vilches pueden jugar en esta batalla en curso me parece más importante que cien mil modificaciones de estilo del lenguaje administrativo.

Cándida (for those most intimate marriage problems), Gloria Vilches, 2007
Estos collages no solo saben cazar la atención del que los mira, tienen algo que vale aún más: resultan ligeramente incómodos. Gloria Vilches (Valencia, 1978), por ejemplo, ha realizado una serie que sistemáticamente deconstruye uno de los estereotipos más sólidos de nuestra sociedad: la mujer vestida de novia y el matrimonio, la insatisfacción o la falsedad que se oculta tras un doble rostro de hipocresía y buenos modales. Pero también descompone la retórica de los productos de belleza en la prensa gráfica antañona, y atomiza la imaginería electrodoméstica de ese claustro tradicionalmente femenino que es la cocina, e incluso aborda la cuestión del poder de la mujer reelaborando el mito de Salomé mediante una divertida y salvaje relectura culinaria.

Salomé, Gloria Vilches, 2007
Como otros muchos collagistas, Gloria introduce recortes de texto de diferentes tamaños, pero que aquí distan mucho de ser fruto del proverbial azar dadaísta. Eslóganes publicitarios y diálogos propios de una fotonovela se esparcen entre las figuras, creando un contexto narrativo que unas veces ironiza acerca de los estereotipos femeninos y otras da pie a uno de los rasgos característicos de su obra: el componente autobiográfico. Gloria se sirve del collage para plasmar situaciones que vive cada día, como un diario ligeramente delirante donde se distancia de sus propios éxitos y desventuras.

Fabuloso banquete, Gloria Vilches, 2008

Dolorosa, Pilar Rojo, 2004
El sentido del humor es una cosa muy seria, y es particularmente útil cuando se trata de romper esquemas. Los collages de Pilar Rojo Peso (Córdoba, 1981) abordan la cuestión de género de una forma aún más directa que los de Gloria. Es especialmente llamativa su serie titulada Tengo la cabeza en la cocina, donde la fascinación que en un primer momento nos producen una serie de retratos de raiz claramente pop va dejando espacio a una reflexión un poco más amarga. En el ciclo Deseo Sápido Pilar ensaya unos extraños malabarismos sexuales, pero la silueta femenina ha sido recortada de entre fotografías de filetes de carne y recetas de cocina.

Tengo la cabeza en la cocina, Pilar Rojo, 2006
Mujeres que hacen difíciles ejercicios gimnásticos de arte culinario, quizás en referencia a la tensión existente entre la mujer como cocinera y la mujer que, por imperativo social, practica equilibrios con las calorías. O la mujer que adopta el atuendo propio de oficios tradicionalmente masculinos: la mujer torera, la mujer futbolera, y hasta la mujer butanera. Lo folklórico y lo surreal es una conjunción que tiene larga tradición en el arte pop español, y Pilar Rojo le presta continuidad desde el collage o desde una pintura que traslada técnicas propias del collage mediante transferencias fotográficas, pero sin perder nunca el eje de su mensaje.

Tocados 5, Pilar Rojo, 2004
Gloria y Pilar encuentran la mayor parte de su material de trabajo fuera de la imaginería actual. No es casual que acudan a la prensa española de época franquista, donde los estereotipos machistas campaban a sus anchas en este país. Como tampoco me parece casual el uso que Pilar Rojo hace ocasionalmente de las puntadas de costura en algunos de sus collages. La traslación de un elemento prácticamente anodino de las labores femeninas como es la costura hacia al plano del arte conceptual o la iconoclastia propia del collage es un recurso plástico que cada día gana ejemplos. Con sus manitas y una tejedora, Vilches y Rojo fabrican pequeños panfletos que explotan delante de tus narices.

De la serie Novias, Gloria Vilches, 2009
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Gloria Vilches cuelga sus collages en
Flickr y en su
blog
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14 Junio 2009

Dice el Diccionario de la Real Academia que el decoro es “en literatura, la conformidad entre el comportamiento de los personajes y sus respectivas condiciones sociales”, y que lo decorativo es sencillamente aquello “que decora o que es apropiado para decorar”. Yo no lo dudaría un instante: la alta aristocracia neoyorkino-parisina se araña y se saca los ojos por conseguir las decorosas y decorativas escenas con siluetas de Wilhelm Staehle.

Perfecto para una tumba poco profunda / En efecto, coincido contigo
Estos tableautins, a medio camino entre la anodina reproducción a color y el cañonazo conceptual, van de muerte para colgarlos sobre el papel pintado en las paredes del saloncito de té, en el comedor, o en el dormitorio de los niños. Imagine la satisfacción de recibir a las visitas y poder mostrarles estas auténticas delicias del cinismo y la ironía. Sobre todo esas encantadoras escenas en las que los niños se comportan con la indolente crueldad del exterminador a sueldo, del bruto psicópata, o del temerario asesino.

Marchando un pastel de carne!
Sin embargo, Wilhelm Staehle no está solo en su empeño. Tras la fronda de estos parajes se escuchan las carcajadas del Jonathan Swift, que escribió en 1729 un provechoso (y absolutamente decoroso) ensayo titulado Una modesta proposición: para prevenir que los niños de los pobres de Irlanda sean una carga para sus padres o el país, y para hacerlos útiles al público, donde proponía una solución rápida y rentable al exceso de niños irlandeses: cocinarlos y comérselos. Y el eco de Swift junto al balbuceo ebrio de Thomas de Quincey cuando escribió su Del asesinato considerado como una de las Bellas Artes (1829).

Y como proeza final, saltaré con mi bicicleta sobre este coro de huerfanitos ciegos
O quizás detrás de estas siluetas se esconde la influencia de William Hogarth (1697-1764), aquel pintor y grabador británico dotado de un amplio sentido del humor -algo escaso en la historia del arte- y cuyas series de estampas -con títulos como El casamiento a la moda, La carrera de una prostituta, o Las cuatro etapas de la crueldad- alcanzaron una enorme popularidad en el Londres de mediados del siglo XVIII.

Fig. I: Pervertido / Fig. II: Artista
Pero por supuesto nada que ver con las siluetas de Lotte Reiniger: nada de cuentos; el arte, la política, el medio ambiente… Staehle no deja títere (o silueta) con cabeza. La combinación de un elemento asociado a los juegos infantiles como son las siluetas, junto a esos perversos mensajes exquisitamente tipografiados en el interior de sus cuerpos dan la clave de su estilo, como si el vacío de esas figuras vagamente magrittianas cumplieran la función del tradicional bocadillo de cómic. Porque estas imágenes no son nada sin el texto que las acompaña, y eso es lo que aproxima la serie a una suerte intermedia entre la mera viñeta humorística y un arte conceptual desprovisto de la habitual pose críptica. Pero poco importa aquí la línea que los separa.

La air-guitar es para perdedores

Esto es una intervención!!! / Brindo por ello!
Que la ironía de Staehle no tiene desperdicio lo prueba la descripción que hace de sí mismo en su página web:
Wilhelm Staehle es un caballero horriblemente desfigurado que a menudo asusta a los niños pequeños cuando emerge del aislamiento de su estado vegetativo en la costa este de Las Américas. En su tiempo libre, repartido entre los deportes de riesgo y jugar a los vestiditos con su enorme e inquietante colección de taxidermia, encuentra algún momento para recortar extrañas siluetas. Te ruega que disfrutes con ellas, o al menos que te abstengas de decírselo si no te gustan, y te agradece tu atención.

Hola / Adiós
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7 Junio 2009

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Haz click sobre la imagen para ampliarla
Al igual que la fotografía que analizamos en el Inventario nº 15 esta otra instantánea tiene la particularidad de documentar un área del estampario que no se ha conservado, dado que, a excepción de algunos fragmentos aislados, las estampas fueron retiradas de las paredes de su domicilio una vez que hubo fallecido el escritor. Al vuelo he encontrado esta fotografía, y al vuelo ofrezco el resultado de mis inquisiciones…
(Nota: en la zona izquierda de la foto pueden ver el lateral derecho del biombo que ya analizamos en el Inventario nº 4, por lo que sería conveniente que desplazasen su atención al resto de la fotografía)
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Guitarra y frutero, Juan Gris, 1926
Como español libre [Juan Gris] comenzó a tratar el cubismo por su cuenta y razón, y le salían cuadros fuera de la ley severa, pero con una expresividad conmovedora. Era como un naturalista de aquellos que llegaban a América, meticulosos y clasificadores, y en su inspiración científica de ser un Rotingen, desintegraba la expresión de las cosas y estudiaba la morfología de los fruteros. (…) Pinta compoteras y botelas de rhum sobre el tapete adamascado, y para alegrar el conjunto, una de esas pipas de yeso que, al grito de “!Traiga pipas nuevas!”, pedía Baudelaire en su café, y le eran servidas como tulipanes emergiendo de un vaso.
(Nuevos retratos contemporáneos, 1945)

Pallade che doma il centauro, Sandro Botticelli, 1482-1483
Cada maestro de la pintura crea una atmósfera que está en sus cuadros: la atmósfera de Fray Angélico, la de Botticelli, la del Tiziano, la del Greco, la de Velázquez, la de Goya, la de Solana. No es una cosa literaria que se añade a la pintura, sino una cosa que brota de esa superstición de colores, de esa técnica que se aprende en las academias y que provoca la atmósfera como una consecuencia impremeditada.
(El Greco: el visionario de la pintura, 1935)

Der Tod und die frau, Hans Baldung Grien, 1520-1525
La muerte es para el autor de Los muertos, las muertas, y otras fantasmagorías (1935), un tema capital. La obsesión con los esqueletos, las calaveras, y el raro e incomprensible trayecto de una a otra vida es proverbial en Ramón. Sin embargo, y sin temor a caer en contradicción, la muerte es también un tema vital para el madrileño. Me lo imagino mirando justo este cuadro de Grien, y anotando con su tinta roja:
Primero se es nudista y luego se es huesista.

Marcel Marceau durante una actuación en Londres, Chris Ware, 1978
Esta fotografía que ven no puede ser de ningún modo la que aparece en la zona central del fragmento de pared que nos ocupa, ya que al parecer data de 1978, y Ramón falleció en 1963. Sin embargo, convendrán conmigo en que que el parecido entre ambas imágenes es verdaderamente asombroso. Teniendo en cuenta que Marcel Marceau (1923-2007) inventó a Bip (el personaje que vemos en la fotografía) en 1947, es bastante probable que el mimo francés fuera fotografiado de un modo muy similar a lo largo de los años cuarenta, cincuenta, o sesenta.

Una mujer bañándose, Rembrandt Van Rijn, 1654

El buey desollado, Rembrandt Van Rijn, 1655
Cuando Ramón elabora sus monografías sobre algún pintor o escritor utiliza un recurso consistente en contrastar a su biografiado con algún otro personaje relevante de la época. Así, acude a Walt Whitman o a Emerson para definir con mayor precisión el perfil de Poe, y acude a Rembrandt para dar la medida de la pintura de Goya en relación a la historia del arte moderno. Este tipo de comparaciones tienen como objetivo hacer brillar al biografiado y oscurecer (a veces muy injustamente) a esa otra figura. Sin embargo, en esas falsas invectivas ramonianas suele haber más de mecanismo literario que de desprecio real, y revelan la admiración rendida de Ramón:
El énfasis magistral de Rembrandt oscurece toda la pintura y hace que algunos no le amemos porque encubre la ingenuidad de otros tiempos.
(Goya, 1928)
Ludwig Van Beethoven, Ferdinand Schimon, 1819
Precisamente, una de las analogías más fértiles e incisivas es la que Ramón establece entre Goya y Beethoven. En su libro sobre el pintor hace referencia a un “Tríptico superlativo” de la modernidad integrado por “Beethoven – Goya – Poe”, y algunas páginas más allá concluye sin más que Goya es “el Beethoven de la pintura”. La comparación no carece de sentido: ambos creadores -auténticos genios en su respectivo oficio- comparten más de una circunstancia; en el plano más evidente la similitud en el gesto, la fisionomía (Ramón anota el cabello desordenado y las patillas a la moda de la época), pero también lo tormentoso de su temperamento, lo huraño de su carácter, la sordera que les afectó estando ya mediada su vida, y sobre todo el papel de transición que cumplen entre la estética del antiguo régimen y la modernidad incipiente de la que son precursores.

La Bohémienne endormie, Henri Rousseau, 1897
Si hay alguna cosa que podamos llamar “atmósfera poética” en una obra pictórica, desde luego se encuentra en estado puro en este lienzo del Aduanero. También Ramón acude a la luna en sus greguerías:
La luna es el ojo de buey del barco de la noche.
La luna es un banco de metáforas arruinado.
Solo el poeta tiene reloj de luna.
¿Qué esta haciendo en realidad la luna? La luna está tomando el sol.

El aguador de Sevilla, Diego Velázquez, 1620
Su Aguador de Sevilla es un poema de realismo jugoso, y el filósofo del agua –aguador por vocación profunda- vende su gran cáliz de limpísimo vidrio cargado de la limpísima agua de los aljibes de la jardinal Sevilla, solazándose los niños en la gran embriaguez que da el agua en el estío meridional. Esa magnífica copa de agua junto a los cántaros rezumantes significa mucho para el goce supremo. (…) ¡Dichosa edad la que cree en el agua! Velázquez, férvido por esa gran presencia del agua, va a partir de ahí hacia las mayores conquistas…
(Don Diego de Velázquez, 1943)

En esa luz y en la habitación más reservada debe de pintar Velázquez por esa fecha La Venus del espejo, esa Venus admirable y patronímica que un día herirán en Londrés las sufragistas, como queriendo desgarrar el lienzo más grande del arte universal. La honestidad, que es el signo infaltado de Velázquez, me hace pensar, por la actitud, por el gesto, por no poderla identificar bajo ningún sesgo, que es su propia esposa la retratada y que quiere salvar para sí mismo el desnudo que le enamoró toda la vida. Cuando hace una sibila o destaca una mujer del pueblo en sus cuadros, es una mujer como su esposa o como su hija, y por eso nos puede quedar la sospecha de que el desnudo de La Venus del espejo sea el de su esposa, divagando por los pinceles, pero verdadero para su propio recuerdo por si su mujer desapareciera ¿Qué iba a tener el mal de ser público y mirado por todos? El arte eleva y depura la peacatería (sic) humana, y, además, ni en el espejo ni detrás del claro y menguante óvalo se puede saber quién pudo ser la dama.
(Don Diego de Velázquez, 1943)
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Addenda

Desnudo recostado, Amedeo Modigliani, 1917

Venus con Cupido y perdiz, Tiziano, ca. 1550
Ángel de la guarda protegiendo a unos niños junto a un acantilado, postal de finales siglo XIX (es probable que Ramón lo extrajera de un calendario)
La Armonía o Las tres Gracias, Hans Baldung Grien, 1541-1544

La Virgen con el Niño y Santa Ana (detalle), Leonardo da Vinci, 1510-1513

Claude Renoir jugando, Pierre Auguste Renoir, 1905

Meditación de San Juan Bautista, El Bosco, 1489-1505

Retrato de una mujer, también conocido como La Belle Ferronière, Leonardo da Vinci, ca. 1495-1499
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Inventario nº 17
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31 Mayo 2009

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Me acuerdo de que Jean Gabin, antes de la guerra, por contrato, debía morir al final de cada película.
Je me souviens, Georges Perec, 1978
No les revelaré si el personaje de Jean Gabin muere o no al final de esta cinta, pero tengan por seguro que si Georges Perec dedicó uno de los innumerables fragmentos de su delicioso Je me souviens (Me acuerdo, 1978) al cine francés de antes de la guerra es porque la aportación de directores como Renoir, Carné o Vigo, sentó las bases de una época dorada del cine europeo. Y entre todas las películas posibles de ese espacio de tiempo que va desde mediados de los años veinte hasta el final de la Segunda Guerra Mundial, Le quai des brumes (El Muelle de las brumas, Marcel Carné, 1938) es un lugar que merece una visita.

Un soldado (Jean Gabin) que no quiere matar a más gente y que huye como convicto para no enfrentarse a un consejo de guerra; un pintor (Robert Le Vigan) cansado de vivir y dispuesto a legar su identidad; una bella jovencita (Michèle Morgan) acosada por su maléfico tío (Michel Simon) que buscará la felicidad junto a Gabin; un gangster de poca monta y de gatillo fácil (Pierre Brasseur), y un perro abandonado. Estos son los personajes del film y todos ellos coincidirán bajo disparos cruzados en el Panamá, un destartalado antro en la costa de Le Havre. El destino de todos ellos quedará entrecruzado por azar y sin remedio, desatando una complicación de amor, de odio y de muerte a la que solo Marcel Carné podía dar semejante acabado.

Y es que el mismo dorado azar que rige la historia es el que parece haber reunido en el equipo creativo a un pequeño cúmulo de genios. Carné estuvo de muy cerca asistido por el poeta, dramaturgo y guionista Jacques Prévert, al que debemos los inigualables diálogos de la película. Prévert, que había flirteado con el grupo surrealista, con el partido comunista, con el teatro, y que finalmente se haría muy popular con los poemas incluidos en su libro Paroles (Palabras, 1946) -y a los que pondrían música cantantes como Yves Montand- ofrece en El Muelle de las Brumas un despliegue muy poco común de maestría en la creación de unos diálogos llenos de poesía, pero todo como si tal cosa. Ese es el mérito de Prévert y de Carné: la conjunción de palabras y de imágenes tan hermosas como liberadas de estereotipos y de poses.

La dirección artística de Alexandre Trauner (otro integrante del equipo) siempre es destacable, y en El muelle de las Brumas lo es con honores. Trauner, cuya trayectoria profesional va desde su colaboración a finales de los años veinte con René Clair en París, pasando por una etapa hollywoodiense coronada con el Oscar por su inolvidable contribución a The apartment (El apartamento, Billy Wilder, 1960), hasta su colaboración con Bertrand Tavernier en Round Midnight (1986). Lo que define su aportación a Le quai des brumes no es solo su talento para lo evocador y lo poético -que logra reinterpretando ciertas claves de un expresionismo perfectamente latente a finales de los años treinta- sino la capacidad de ofrecer unos decorados que envuelven y simbolizan la psicología de los personajes y la acción dramática.

Boceto para uno de los decorados de Le quai des brumes (1938), Alexandre Trauner

Porque la historia de amor entre el personaje de Jean Gabin -construido con las dosis justas de canalla, fragilidad y ternura, y que se erige como un sólido arquetipo del cine francés del momento- y la bellísima Michèle Morgan es, con esa rara mezcla de azar y de fatalidad absoluta, de suspensión del transcurso del tiempo ante un entorno hostil y un destino implacable, algo así como un breve canto de cisne del cine francés previo a la ocupación nazi, durante la cual el tándem Carné/Prévert lograría otra de sus joyas indiscutibles: Les enfants du paradis (1945). Si a esto unimos la banda sonora de un Maurice Jaubert algo más que correcto, y el hecho de que, aunque no acreditado -según leo en IMDb- el vestuario del film es de Coco Chanel…

¿Qué más quieren? ¿Besos? ¿Bofetadas? En Le quai des brumes podrán ver algunos de los besos y los bofetones más esplendorosos de toda la historia del cine. Yo de mayor quiero ser como Jean Gabin en Le quai des brumes. ¡Rien ne va plus!

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25 Mayo 2009

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No hablo de estudios, de ascesis metódicas, hablo de esa intencionalidad tácita que informa el movimiento total de un poeta, que lo vuelve ala de sí mismo, remo de su barca, veleta de su viento, y que revalida el mundo al precio del descenso a los infiernos de la noche y del alma. Detesto al lector que ha pagado por su libro, al espectador que ha comprado su butaca, y que a partir de allí aprovecha el blando almohadón del goce hedónico o la admiración por el genio. ¿Qué le importa a Van Gogh tu admiración? Lo que él quería era tu complicidad, que trataras de mirar como él estaba mirando con los ojos desollados por un fuego heracliteano. Cuando Saint-Exupéry sentía que amar no es mirarse el uno en los ojos del otro sino mirar juntos en una misma dirección, iba más allá del amor de la pareja porque todo amor va más allá de la pareja si es amor, y yo escupo en la cara del que venga a decirme que ama a Miguel Ángel o a E. E. Cummings sin probarme que por lo menos en una hora extrema ha sido ese amor, ha sido también el otro, ha mirado con él desde su mirada y ha aprendido a mirar como él hacia la apertura infinita que espera y reclama.
Julio Cortázar, La vuelta al día en ochenta mundos. Editorial Debate, 1991. p. 319
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(Fotografía de Pierre Boulat: Julio Cortázar ojeando libros de segunda mano en París, 1969)
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17 Mayo 2009

Myoung Ho Lee (Daejeon, 1975) es un fotógrafo afincado en Seúl que saltó a la escena internacional en 2007 tras la publicación en Lens Culture de una serie fotográfica titulada Tree. La atención crítica que han logrado estas fotografías no responde únicamente a su notable belleza, ya que en ellas su autor ha puesto en juego elementos que implican no solo un cierto género de fotografía conceptual, sino también al Land-Art y a la pintura. El autor define su obra como un "Photography-Act", pero según algunos la serie extiende sus encantos hacia campos como la Botánica y la Ecología.

Reparemos en primer lugar en lo aparentemente simple que es la propuesta del coreano. Nada más y nada menos que la realización de algo así como una imagen mental: aislar un objeto (un objeto particularmente complejo como es un árbol) de su entorno. A pesar de la pulcritud de la imagen, fijarla requiere una planificación y un despliegue de medios que de la fotografía final solo puede deducirse, pues su perfección no deja rastro del método de ejecución. Hacer que lo difícil parezca fácil es una de las mejores bazas de Myoung Ho Lee, y aunque en menor escala, la erección de ese impoluto lienzo blanco remite a las mastodónticas intervenciones paisajísticas de la pareja de artistas formada por el búlgaro Christo Javacheff y Jeanne-Claude.

Running fence, Christo & Jeanne-Claude, 1972-1976. Fotografía de Wolfgang Volz
Moviéndose siempre entre la erección de enormes cortinas para el paisaje o en la planificación de complejísimos envoltorios, Christo y Jeanne-Claude realizaron un hermosísimo y extraño anticipo de las serie fotográfica de Myoung Ho Lee cuando, en 1997, envolvieron con su particular técnica un buen número de árboles en un parque privado en Suiza.

Wrapped Trees, Christo & Jeanne-Claude, 1997-1998. Fotografía de Wolfgang Volz
La descontextualización es el procedimiento usado en ambos casos para desviar la atención sobre un elemento del paisaje que por lo general suele pasar inadvertido, pero si la detalladísima planificación de Christo y Jeanne-Claude termina con la instalación completa de las telas como evento espacial y público (que solo en su desarrollo temporal será posteriormente documentado fotográficamente), para Myoung Ho-Lee la revelación del árbol no se produce por la mecánica de la instalación en sí, sino tras la cuidadosa captación de la imagen, que constituye en su caso la obra propiamente dicha, pensada esta vez para una experiencia estética circunscrita a los circuitos tradicionales del arte. Así pues, las imágenes del fotógrafo pueden entenderse como un paso posterior y perfectamente antitético de la intervención espacial. Ho-Lee parece haber liberado –y este término implica un juicio de valor que no quiero hacer mío- a los árboles de esos valores escultóricos o volumétricos que tan brillantemente había revelado Christo, para hacer en cambio una lectura que se atiene a una dilatada tradición de lo pictórico, tradición que se atreve a desarrollar con una bonita vuelta de tuerca.


Y es que aunque en primera instancia no alcancemos a discernirlo con claridad, en nuestro fuero interno intuimos que el encanto de estas imágenes hunde sus raíces en ciertos rasgos muy particulares del arte oriental. El egocentrismo estético de Ocidente tiende a minimizar el hecho incontestable de que en el Lejano Oriente se desarrolló mucho antes que aquí una poética del paisaje –dotada de hondo calado espiritual y de refinadísima construcción- que no terminaría de contaminar a nuestros artistas de un modo profundo hasta la irrupción del Postimpresionismo. Muy probablemente el origen de la poética visual que rige la serie de Myoung Ho-Lee se encuentra en el arte de la estampa y el dibujo a tinta japonés, es decir, en el terreno del Ukiyo-e y aún más en el del Sumi-e.

Shōrin-zu byōbu (Biombo de los pinos) (panel izquierdo y derecho), Hasegawa Tōhaku, sig. XVI
Observemos. En todas las fotografías se ha respetado cuidadosamente el eje frontal, lo que contribuye a reforzar la lectura bidimensional de la imagen. El enorme lienzo blanco actúa como un papel de arroz presto a recibir la mancha alveolar del árbol, su perfil único. De hecho, el fotógrafo podría haber ceñido su encuadre fotográfico al encuadre de ese enorme papel de arroz, haciendo que ambos coincidan: esto hubiera sido lo estrictamente necesario para revelar (igual que la revelación química de la imagen sobre el soporte fotográfico) la inextricable estructura de cada uno de los árboles. Y es lo que conecta la serie con aquellas láminas que ilustraron los tratados de Botánica del siglo XVIII y XIX, ya que el doble juego entre la captación del ejemplar botánico real y el fondo vacío que proporciona el lienzo blanco permite un análisis morfológico de las diferentes especies que es particularmente útil.

Pinus inops - Jersey pine (drawn from a tree growing in the Royal Garden at Kiw), lámina extraída de A description of the genus Pinus: illustrated with figures; directions relative to the cultivation, and remarks on the uses of the several species: also descriptions of many other trees of the family of Coniferæ, Aylmer Bourke Lambert, Londres, 1837

Sin embargo, Ho-Lee ha retranqueado el borde la imagen, y nos deja ver una enorme porción del paisaje que circunda al árbol escogido. Es como si una imagen contuviera a otra dentro. Una pequeña mise en abîme que tiene más de un efecto. Por un lado saca a la luz la provisionalidad y la teatralidad ligeramente onírica de la imagen, porque esta interrupción del paisaje, aún siendo de gran tamaño, nos parece minúscula en relación al contexto, cuyo coprotagonismo conecta con el espítiru del Land-Art. Por otro lado, la naturaleza magrittiana de la imagen introduce un juego perceptual que pone en cuestión la noción de imagen, encuadre, marco, profundidad, perspectiva y escala, y cuyo principal logro consiste en que el espectador, no necesariamente al tanto de cada uno de los extremos de este análisis, siente sin embargo el deseo de detenerse ante la imagen, quedando cautivado por la inteligencia y la inusual delicadeza de su elaboración.

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10 Mayo 2009

Ya está en boca de todos. A lo mejor ya lo has leído en la pantalla de tu ordenador. Hace poco más de una semana salió a la luz el segundo y esperado número de 200 días en Sing-Sing, el fanzine gratuito de distribución digital que dirige Javier Reguera (autor del ilustre blog Así se fundó Carnaby Street). Hay que echarle un vistazo, o dos, porque contiene viñetas de Javier Molinero, ilustraciones de Jamal Vrno, artículos sobre flappers, maniquíes, música digital, moda, pensamiento y cultura en todas sus vertientes. Los lectores habituales de la maquinaria de la nube encontrarán, además, una glosa enciclopédica que les resultará familiar. Proyectos como este me hacen pensar que aún quedan personas que hacen cosas por amor al arte. Literalmente. Ya se lo ha bajado todo el mundo ¿A qué esperas tú?

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(Imposible ha sido identificar al autor de la fotografía que abre este post y que tomé del fanzine, pero la viñeta de las monjas es de Javier Molinero)
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